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La maestra detuvo la discusión: “A ver, a ver, ¡guarden silencio! Carlitos, te felicito por tu honestidad, pues con ella se comprueba lo que tu compañero nos relató en su diario. Y también te felicito a ti, Pedrito, pues tuviste el valor para hacerte oír y defenderte a pesar de que todo estaba en tu contra. Hoy nos has dado una gran lección a todos. A propósito, lo redactaste muy bien y tu letra mejoró mucho.

“Y ahora todos le vamos a ofrecer una disculpa a Pedrito por haber pensado mal de él.”

Todos los niños, apenados, se fueron acercando a Pedrito para tenderle la mano en señal de amistad; algunos lo abrazaban y le pedían perdón.

La maestra les hizo ver las consecuencias de no saber jugar en el lugar y tiempo adecuados: habían provocado muchos malentendidos y problemas.

Cuando Pedrito regresó a su lugar estaba tan emocionado que tenía muchas ganas de llorar, pero se aguantó. El que no se pudo contener fue Lápiz: aunque nadie se dio cuenta, él sí que se puso a llorar, pues estaba arrepentidísimo de todo lo que había provocado por sus bromitas, y todo “por no saber jugar en el lugar y tiempo adecuados”. Él también aprendió la lección. De ahí en adelante, los niños hicieron de su diario un amigo más: con la ayuda de Lápiz escribían cada día todo lo que les acontecía. Algunos lo ilustraban con dibujos o calcomanías, mientras que otros se conformaban con ver que cada día escribían mejor; su ortografía mejoraba y su lectura al frente de sus compañeros era de mejor calidad. Todos los niños ponían mucha atención al compañerito que leía su diario, ya que de vez en cuando alguno de ellos era protagonista de la aventura del día anterior.

Por su parte, Lápiz continuó su trabajo muy contento. Al son de su propia melodía, se ocupaba de realizar con agilidad los trazos indicados por los niños. Aprendió que el juego no es malo, pero debe hacerse sin afectar a nadie, además de ser en el lugar y tiempo adecuados. También aprendió que más vale un lápiz contento que disfrute su trabajo, que uno serio y gruñón.

Cuando Pedrito llegó a su casa le entregó a su mamá el citatorio que mandaba la maestra, en el cual le pedía que asistiera a la escuela: Al leerlo puso cara de angustia, pero Pedrito le adelantó que no se trataba de nada malo. Aun así, su mamá se quedó preocupada, ya que Pedrito no quiso decirle nada más.

A la mañana siguiente, cuando la señora, temerosa, entró al salón, la maestra le dijo que la felicitaba por tener un hijo tan valiente y decidido, y acto seguido procedió a relatarle cómo se había descubierto su inocencia. Lápiz y los niños guardaron la compostura mientras la señora permaneció ahí, pues habían aprendido que todo tiene su tiempo.

En lo sucesivo, Lápiz siguió siendo muy trabajador en sus labores, pero ahora se divertía con cada trazo que hacía. Aprendió a hacer las cosas con gusto y a disfrutar en todo momento la alegría de servir a los demás.

Gina

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