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Una mujer vive atormentada a causa de una separación.

La música retumbaba en mis castigados oídos, tantas habían sido las notas y las melodías que había escuchado. Las horas parecían evadirse como empujadas por una fuerza sobrenatural dentro de aquella sala reducida e infestada de humo, mientras Julio me hacía una descripción breve y concisa de lo que era la vida y yo me debatía entre la duda y la razón, entre la incertidumbre y el escepticismo.

Aquellas palabras las había oído cientos de veces, de manera que aquello era llover sobre mojado, y sabía que él tenía razón, pero sin embargo yo no cesaba de repetirme que aquello no iba conmigo, que lo que me había pasado se trataba de una pesadilla de la cual despertaría tarde o temprano, una pesadilla que se prolongaba ya durante mucho tiempo, circunstancia que me negaba a aceptar porque aún no había conseguido asumir los hechos ni digerir la cruda realidad.

--Que la vida es una mierda, sí, es verdad, pero es así y tienes que tirar para adelante.

--Ya lo sé. Todo esto que me estás diciendo ya me lo han dicho, pero para mí es muy difícil. Sé que algún día me tendré que acostumbrar, sin embargo es muy duro, hay que vivirlo, hay que sufrirlo.

--Sí, hay que sufrirlo. Llevas razón, yo también lo viví, pero es así. Él ahora está disfrutando, ¿no puedes hacerlo tú?

--Disfrutar ¿qué? Después de nueve meses o quizás más –ya había perdido la cuenta—desconocía qué era eso y de todas formas creía que yo no tenía derecho a una vida feliz, que nunca podría recuperar la estabilidad. Mi vida se había torcido y ya no había método humano para enderezarla. Mi existencia sin él ya no era posible.

--¿Qué te lo impide?

--Nada, supongo.

--Exacto, todo está en tu cabeza.

--Sí, pero es que…No soy igual que los demás. El resto de gente sabe salir, sabe sobreponerse, pero yo no. Nunca lo haré porque, primero, mi mente es como una chirla que se cerró para siempre y, segundo, no encontraré a nadie que pueda llenar este vacío que me invade.

--Un día vendrá otro y te dará lo que necesitas.

--Lo dudo. La vida se ha acabado para mí. Ya no tengo expectativas, a pesar de que cuento con treinta y tres años, una edad crítica para cualquier cosa. Se me ha hecho tarde, ya no puedo recuperar el tiempo perdido, diecisiete años al lado de una persona que creía conocer, pero que resultó que no conocía de nada, que me utilizó para lo que quiso y que me había lanzado a la basura como se tira un medicamento caducado, que había jugado con mis sentimientos, que me había humillado, que se había reído de mí, que…

--Dale tiempo al tiempo y no pienses. Vive el presente porque es lo único que tienes. Presente. Qué palabra tan bonita pronunciada en boca de alguien que sufrió las mismas consecuencias, que hubo de pasar por el mismo trance y que ahora intentaba animarme sin ningún interés extraño de por medio, como un amigo, con toda la confianza del mundo que puedas brindar a alguien a quien de verdad aprecias. Una palabra que no constaba en mi diccionario porque desconocía su significado y su auténtico valor. Simplemente porque me estaba aferrando a un pasado que me había abandonado cruelmente, del que no quería desprenderme porque si lo hacía todo mi ser se desmoronaría, un pasado que nada tenía que ver con el presente que estaba viviendo, un presente que según Julio valía más que todo el tiempo que había transcurrido o que quedaba por transcurrir.

--Sé que desearías que volviera, pero es algo que tienes que asumir. Él lo ha querido así y tienes que aceptarlo. Acepto que quisiera tenerme de enfermera y de criada, pero no acepto que me haya abandonado sin ningún motivo aparente de peso. Me niego rotundamente. Apreté el puño derecho con todas mis fuerzas hasta que las uñas se me clavaron en la palma de la mano.

--Si ha hecho eso, no te merecía. No vale la pena que te rebajes porque nadie es mejor que tú. Si no ha sabido valorar lo que tenía, es su problema.           

Lo que tenía era bien poco. Cuántas veces habré cargado con la culpa de un fracaso tan estrepitoso. El amor, como todo, se acaba. Sin embargo, en mí no se ha agotado la llama viva que enciende la pasión, aunque él haya creído todo lo contrario. Quizá he presentado una imagen equivocada de mí, haciendo ver que era una mujer fría y calculadora, sin ningún sentimiento, que era una persona que al no mostrar lo que sentía podía tacharse como un bloque de hielo, porque no he sabido o no he querido demostrarle que lo quería, que lo amaba y que habría dado incluso la vida por él si hubiera sido necesario. Pero faltaron los hechos y, sobre todo, las palabras, esas palabras que se pronuncian al oído en momentos místicos y que avivan aún más la llama de eso que llamamos amor, pasión, compenetración y muchas cosas más. Cuando quise remediarlo ya fue tarde, un esfuerzo inútil, vacuo. Me arrastré por los suelos, supliqué, lloré hasta que me harté, seguramente para que se riera más de mí, para que mostrara hilaridad ante una obra de teatro cómica representada a la perfección. Y todo eso y mucho más duele como una puñalada pegada por la espalda, a traición.

Mientras mi amigo trataba de brindarme buenos consejos para superar el descalabro, mi mente viajaba a otros tiempos, quizá felices, quizá tristes, pero fueron tiempos vividos junto al único hombre al que he amado y amaré nunca. Todas las advertencias que puedan darme  resbalan como el agua en el cristal de una ventana.

Ni puedo ni quiero salir del agujero. Él puede hablar con propiedad y con conocimiento de causa porque ya ha encontrado a otra mujer que le haga olvidar a la primera. No hace falta que me lo diga. Los he visto varias veces besándose con ardor. E incluso he llegado a adivinar lo que se decían leyéndoles los labios. Ella se mostraba reticente y parecía rehusar el empeño de él en acercarse a saborear su boca, mientras profería unos vocablos perfectamente inteligibles para mí, que me hallaba a escasos metros de la escena.

Yo nunca encontraré a nadie. Lo sé. No tengo que buscar ningún motivo ni ninguna explicación, ni estoy dando ninguna excusa. Simplemente lo sé. “Un hombre como tú me hace falta”, pensaba para mis adentros, al tiempo que las canciones se sucedían en el tocadiscos del pinchadiscos dicharachero, que los pinchaba con humor y resignación a la vez. Salimos afuera, donde había una mesa redonda de plástico con las correspondientes sillas. Dudada entre sentarme o permanecer de pie. La verdad es que no tenía ganas de nada, ni siquiera de irme a dormir. Acabé sentándome.

Julio se acomodó a mi lado y me cogió la mano. Su verborrea no cesó, repitiéndome lo mismo con otras palabras durante un rato más hasta que el porche se llenó de gente conocida que preguntaron que qué pasaba. Al parecer hacía bastantes minutos que me andaban buscando y, preocupados de no verme, habían decidido atravesar la puerta de entrada para comprobar si estaba allí. Y no iban mal encaminados. Mi hermana tomó asiento en el sitio de Julio y me preguntó que si me encontraba bien y que qué me ocurría.

--Veo a la gente con esa actitud de todos con todos y no me gusta…--argumenté recordando una secuencia en que los chicos y las chicas del grupo proferían gestos obscenos al ritmo de una canción movida que había sonado en el tocadiscos.

--Ellos son así, tienes que participar y comprenderlo—espetó mi hermano.

--Me pone triste—contesté.

--Es normal. Pero lo que no puedes hacer es aislarte—trató de tranquilizarme mi hermana.

--Le echo de menos.

--Lo entiendo, pero tienes que ser fuerte y reponerte. La vida continúa. Y lo más importante, nos tienes a nosotros.

Le agradecí las palabras de apoyo, aunque me seguía sintiendo igual de chafada y de deprimida, a pesar de que ya hacía meses que tomaba antidepresivos que de nada me servían y visitaba a un psiquiatra demasiado seco que en nada me ayudaba. Poco a poco fue apareciendo el resto del grupo, que decidió que era hora de marcharse. Recogimos los abrigos y volvimos por donde habíamos entrado. De repente, alguien me cogió del brazo.

--¿Quieres pasar un ratito conmigo?—inquirió un chaval joven, a juzgar por el aspecto que mostraba y por su semblante. Debía de tener veintipocos años, demasiado chiquillo para mí.

--Lo siento, pero ya me iba.

Ante la insistencia del muchacho, Julio fue raudo al rescate,  le explicó que nos marchábamos y le pidió que me soltara.           

Todos quedaron extrañados por lo que había sucedido en tan sólo unos segundos y comenzaron a asaltarme con interrogatorios típicos de chafardera de patio de luces. Yo respondía con orgullo, si bien aquello me decepcionó absolutamente: sólo tenía probabilidades con chicos más jóvenes que yo que únicamente buscaban sexo, juguete de una noche. Sin embargo, el hecho de que alguien se hubiera acercado a mí y me hubiera hecho una proposición de ese tipo me hacía sentir alegre, en cierta manera, a pesar de que me acostaría con la imagen del hombre que me había amado sin condiciones y que me había expulsado del paraíso sin haber sopesado que podía estar dañando a alguien y de que a la mañana siguiente me levantaría con una pesadumbre agobiante y con unas ganas tremendas de llorar.     

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