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Primer tiempo

Tengo  un buen trabajando en el aseo de los consultorios. No me queda de otra,  si no hay lana…no hay papa y la jefa se pone bien fiera cuando ya no tiene de dónde rascarle a la bolsita. Por supuesto que me gustaría estar con los cuates echándome unas cheves pero uno también tiene que abrirse paso en la vida. Capaz de que la Rosita se anima y me da el sí y por no tener ojos me deja vestido y alborotado.

De cualquier manera la cosa no está tan mal, podría estar peor y de tanto estar cuchillito de palo ya hasta le agarré cariño a los doctores. Solamente hay un consultorio, el del doctor Peñaranda que odio limpiar. Es una jodida desventura hacerlo porque por más que le pongo enjundia, cuando parece que todo quedó como espejo vuelvo a ver en la ventana y ya está de vuelta la cochina telaraña. ¡Pero si ni se tarda nada la maldita araña para volverla a tejer!. Ya le eché DDT, traté de aplastarla, le deshago su red pero nada. Ahí sigue y sigue, tejiendo y subiendo pa’ rriba y bajando pa’bajo en su hilito como un elevador. Ya me puse ojo de hormiga y tomé color de que ser mete debajo de la bisagra de la ventana y ya para que ni el DDT le haga efecto ¡qué profundidad debe tener el hoyo!

No si de que las hay, las hay.  Pero como me llamo Serapio que ésta se petatea ¿cómo va a poder más que yo? Estos meses se los di de ventaja pero mañana…mañana sí me las paga porque una pinche araña no me va a ver la jeta a mí. Faltaba más.

Segundo tiempo

Siempre que vengo a consulta percibo la misma telaraña  en la ventana. El pobre intendente  se esmera en eliminarla a toda costa sin resultados. Pareciera como si el arácnido lo estuviera desafiando a no quedar atrapado entre la seda de sus redes como las otras víctimas a las que paraliza con el veneno contenido en sus quelíceros.  Creo que a fuerza de tanto insistir en esa guerra sin cuartel el pobre hombre hasta ha enfermado de aracnofobia.  Me pongo a pensar en que el gran ser humano es a veces tan pequeño, en este caso su raciocinio natural se ve afectado y desquiciado por la presencia de un artrópodo de tan solo 5 mm. Varias veces he observado al insecto en el centro de su trampa  esperando el momento de verlo aparecer, cuando esto sucede levanta los pedipalpos no sé si busca cortejarlo, alimentarse de él o simplemente captar sus vibraciones, en ocasiones pienso que sólo se ríe de él. Cuando aquel la descubre se acerca con evidente furia para destruir con su trapo la red de seda largamente trabajada mientras el arácnido corre a su madriguera en un hueco entre la esquina de la ventana y la pared. El sujeto vierte todo tipo de líquidos en el orificio desesperadamente y en este punto, casi siempre, me toca entrar a consulta. Al salir fijo la mirada en la ventana y observo al artrópodo tejiendo otra vez su trampa con dedicación. Así sucedió hoy, y así ha ocurrido desde hace cuatro meses que comencé el tratamiento que me obliga a acercarme a revisión una vez por semana. ¿A qué jugará la araña insistiendo en provocar al hombre? ¿y cuánta debilidad hay en este último que se deja desquiciar por un ser tan insignificante? No cabe duda de que para romper el esquema del mecanismo más perfecto como lo es el cerebro de un hombre, basta una partícula miserable de las muchas que conforman el entorno natural para resquebrajar su armonía. Siento pena del intendente cuyos nervios perecen cada día pero siento también, al mismo tiempo, lástima de mi mismo porque me hago conciente de mi infinita fragilidad como ser humano.

Tercer tiempo

Desde que Serapio entró a trabajar  al consultorio una araña que se empeña en vivir bajo la ventana le ha hecho la vida imposible tejiendo telarañas con perseverancia admirable. El doctor ya lo ha regañado varias veces porque si alguna manía tiene el jefe es su obsesión por el orden y la pulcritud. El pobre de Serapio se cansa de explicarle que ya ha hecho todo cuanto está a su alcance para eliminar al insecto y nada, pero el médico no le cree gran cosa. Siento pena por la arañita y a veces hasta admiración. Porque insiste una y otra y otra vez sin dejarse vencer o abatir, Sabe que Serapio es su peor enemigo y busca la muerte para ella y sin embargo lo enfrenta cada día, a cada minuto, cuantas veces sean necesarias. Ella está segura de lo que quiere, decidió hacer de ese hueco su casa y de esa ventana la base para su red  y seguirá tejiendo cuantas veces sean necesarias hasta morir o vencer –lo peor del caso es que creo que sí lo está venciendo-.

Quisiera tener las agallas de esa araña para afrontar así mi vida y defender mis decisiones, pero ¡soy tan cobarde! No concibo la vida sola. Sé que Enrique no es el mejor partido, que ni siquiera me procura, que lo estoy manteniendo y que su afición por el alcohol terminará por hacernos la vida desdichada a ambos pero ¿qué haría yo sola en este mundo? Mi madre hasta me ha dejado de hablar furiosa por mi estupidez y en el fondo del alma sé que tiene razón, pero es tan duro vivir sola, llegar a una casa vacía después del trabajo, sin tener a nadie con quien hablar y hasta con quien pelear. En cambio esa araña diminuta toma sus decisiones, las defiende, se ha embarcado en una guerra sin cuartel y si algún día Serapio logra eliminarla morirá con dignidad sabiendo que fue valiente, en cambio, si yo muriera hoy me iría al infierno de los cobardes.  Algún día me decidiré a ser valiente como ella y dejaré a Enrique, pero no hoy, ni mañana, ni la semana que entra, no antes de la Navidad pues no quiero estar sola y triste en esas fechas. Será mi propósito de año nuevo. Sí, el próximo año lo dejo, estoy decida. ¡Ay no! Ya viene Serapio de nuevo a martirizar a la pobre infeliz que lo espera con sus patas delanteras levantadas en señal de resistencia. Normalmente me causan repulsión las arañas, pero ésta me causa fascinación. Si, yo quisiera ser como esa araña.

Cuarto tiempo

Decidí llegar temprano a la cita porque necesito una esperanza. Me recomendaron mucho a este doctor, dicen que ha tratado ya a varios pacientes con el mismo problema que yo y sin embargo, a pesar de la gravedad los ha sanado. Los nervios y el miedo no me permiten distraerme con las banalidades de las revistas en la sala de espera. Lo que me llama la atención es atestiguar la lucha del intendente para abatir a una araña, sin mucho éxito por cierto. Limpió la telaraña, intentó golpearla, le echó encima no se qué tantas cosas, pero en cuanto se dio la vuelta, el insecto salió de su guarida para comenzar de nuevo a tejer. Igual que el inquilino  indeseable que se aloja en mi cabeza dañando mis tejidos y neuronas de poco en poco, carcomiendo mis fuerzas, mis ilusiones y mi fe como un depredador tan ponzoñoso y miserable como el arácnido en cuestión. El último doctor no me dio grandes esperanzas

Pero yo quiero creer que algo se puede hacer ¿cómo voy a dejar que ese habitante incómodo acabe con mi vida y mis proyectos haciéndome sufrir con este dolor que cada día es más terrible e insoportable?. Mirando a esa araña terca que se ha propuesto encontrar alojamiento en un lugar en donde su insignificante humanidad no es bienvenida me imagino cuál será el aspecto de mi indeseable, le invento un rostro. Lo imagino tejiendo incansablemente telarañas impenetrables contra las que nada pueden las medicinas ni los tratamientos. Lo pienso cavando túneles profundos en mi cerebro que harán imposible que el bisturí pueda llegar. Lo odio, lo detesto y a veces hasta pienso en la posibilidad de adelantármele y quitarme yo mismo la vida de una vez para no darle ese gusto a él. Maldita araña, maldito tumor y maldito doctor que tarda tanto en hacerme entrar. Ahí viene otra vez el intendente y ahí permanece estática la araña  esperando que llegue hacia ella, mofándose tal vez de él, desafiándolo. Es mi turno de pasar al consultorio por fin, en silencio le deseo suerte al hombre en esa lucha contra su enemiga, mientras tanto, yo también haré lo propio para abatir mi propia araña con todo y sus redes despiadadas.

Elena Ortiz Muñiz

 

 

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