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CAPITULO I

 

Me crucé con él en el portal.  Lo miré.  O tal vez no lo miré y lo soñé luego.  Quién puede recordar en medio de tanto recuerdo.  Y es que después lo miré tanto,  lo analicé y mentalicé tanto y se clavó de tal modo en mi mente,  que cualquier momento anterior aunque hubiese durado toda una vida,  resultaría algo carente de significado en el alma de mi memoria.


Era la primera vez que me cruzaba con él,  eso si lo recuerdo, y es que él no era:  ni el olor rancio,  ni los pasos cansinos,  ni el gemido doloroso del reumático crónico,  ni la exasperante respiración del viejo asmático,  ni el lamento de aquél a quien le pesa la soledad.  Tampoco la exclamación beata o el cuchicheo sombrío,  ni el murmullo dicharachero,  y menos,  aún menos,  el silencio de ninguno de los que vivíamos allí desde hacía ya una eternidad.  Durante la cual habíamos aprendido a reconocernos,  a presentirnos casi como a cualquier fenómeno que se repite hasta la saciedad.  Salíamos,  entrábamos,  golpeábamos las puertas con rabia contenida o las cerrábamos con insana suavidad.  Teníamos idénticos horarios,  parecidas manías y escasas ilusiones,  éramos tan fáciles de interpretar como vacía,  pareja y monótona nuestra existencia.

Se pintaba la escalera,  se ensuciaba.  Negros garabatos de humedad y el constante trasiego de manos y cuerpos,  la iban desdibujando con cansina pero constante insistencia.  Subía y bajaba el ascensor.  No había apenas niños y sin embargo,  alguien pintaba en el lugar más insospechado y con la punta de una llave un triángulo que llevaba inscrito en el centro el ojo de un dios avaro,  y bajo el símbolo bobo,  se abría utilizando el mismo método toda una retahíla de duros calificativos y beatas  reconvenciones.  Frases que contenían las palabras que de verdad deseábamos decirnos,  pero que a la hora de la verdad cambiábamos por amistosos saludos.  Un día el trasto se paraba y tardaban para nuestro desconsuelo,  días y días en venir a repararlo.  Hasta que más tarde que pronto,  aparecían por fin un par de jóvenes embozados en las fundas de la empresa de mantenimiento,  y el ascensor volvía a subir y bajar dejándonos sin argumentos para protestar.  Más tarde llegaba la factura y con ella otra nueva oportunidad de mostrarnos disconformes y crispados.  Era así,  y no era ni bueno ni malo,  creo que era simplemente lo necesario para convertirnos al menos por un corto espacio de tiempo,  en seres controvertidos y dispares.  Y es que para colmo todo aquello que nos diferenciaba,  todo cuanto delimitaba y caracterizaba los aspectos más superficiales y por ende los más profundos de nuestra existencia,  no venían sino a homogeneizarnos aún más.  Pese a que todos ellos eran  utilizados por unos y otros como navajas sin filo ni punta,  armas de hoja roma que deseaban matar sin asesinar aquella cruel colección de espejos sin alma que éramos.  Espejos de voluntades,  de creencias,  de credos e ideologías,  que nos reflejaban a todos por igual.  Permitiéndote verte en el otro,  sentir al otro vertido en ti,  saber por el otro como va a ser tu futuro,  rememorar el otro en ti su pasado.  Y así no se puede vivir el presente,  así el presente es un tiempo ya consumido,  asediado por la certeza e inasequible, por tanto,  a la ilusión.


Unos,  es cierto,  nos proclamábamos más cristianos que otros.  Unos,  ocupábamos puestos más altos que otros en nuestras respectivas empresas.  Ascendíamos todos a de vez en cuando y casi siempre por riguroso turno de antigüedad,  y lo celebrábamos con inusitada y estúpida alegría como si fuese algo excepcional.  Corríamos todos en definitiva por la misma línea gris,  y eran por ello nuestras diferencias leves disonancias que no rozaban ni en sueño la esencia de nuestra real existencia.  Ser mejor que el otro porque vas más a misa,  creerte más inteligente por que alguien se ha acordado por fin de ti,  para un puesto de más responsabilidad.  Eso era lo que de verdad nos definía,  y como tal,  la frontera era imperceptible.  Si no fuese por la edad y dispar fisonomía de cada uno,  cualquiera de nosotros podría haber sido cualquiera de nosotros sin despertar en los demás la más leve sospecha.

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