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PROLOGO


Nací el 9 de Septiembre de 1947. Bueno, en realidad, había nacido unas semanas antes, en una fría y lejana fábrica de Suiza, pero siempre he considerado que el día que me instalaron en esta estación fue mi real fecha de nacimiento. Ah, se me olvidaba. Soy un reloj. Un magnífico reloj Longines con doble esfera, y desde hace cincuenta años estoy aquí, sujeto por una fuerte abrazadera de hierro forjado a una pared de ladrillo en una estación de ferrocarril de una pequeña ciudad castellana.


Y ahora, dentro de unos días, todo se va a acabar. Según he oído decir al Sr. Mediavilla, el Jefe de estación, con los primeros días de 1998, vendrán a instalar un moderno reloj digital, uno de esos relojes horribles y antipáticos, sin gracia alguna, con unos grandes números amarillos que van saltando a golpes sobre un negro rectángulo y que, por no tener, no tienen ni entrañas. Según he oído, lo único que tienen es un "chip"; que a saber qué es eso... Nada bueno, desde luego. Seguro que nada comparable a mi vieja, pero aún segura y fiable maquinaria suiza de alta precisión.

I.- EL REY DE LA ESTACION


Durante cincuenta años he sido el Rey de la estación. Sí; ya sé que en una estación, el auténtico rey debería ser el tren. Pero los trenes llegan y se van. Los trenes pasan. Y yo he estado aquí, permanente en mi atalaya de hierro. Por eso digo que durante estos cincuenta años, el auténtico rey de la estación he sido yo. Todo el mundo me saludaba al llegar; todos me miraban cuando aparecían en el andén principal. Al principio era lógico. En los primeros años poca gente llevaba reloj de pulsera y resultaba más práctico echar una rápida mirada hacia arriba que sacar de la faltriquera su reloj de bolsillo, ese pobre reloj encadenado que algunos utilizaban entonces.


Cuando el uso de los relojes de pulsera comenzó a generalizarse, pensé que mi momento había pasado. Pero no. Resulta que los viajeros y visitantes de la estación sabían que por mucho que sus relojes les dijesen que eran las catorce treinta y cinco, si yo decía que eran las catorce treinta y dos, la hora buena siempre sería la mía. Y tengo que decir que lo aceptaban bastante bien en general, lo cual me llenaba de orgullo.

 

II.- ¡QUÉ TIEMPOS...!


Claro que muchas cosas han cambiado en estos cincuenta años. Y una de ellas, sin duda, ha sido la actitud de los viajeros. Antes, venir a la estación era una pequeña fiesta. Los viajeros se presentaban con horas de antelación a la llegada de su tren. Y con mucha frecuencia, el tren llegaba con retraso. Pero todo se tomaba con buen humor, y la gente aprovechaba para charlar, tomarse unos vinos en la cantina o echar una partida de cartas. Si era invierno, este terrible invierno de la meseta, la Sala de espera se convertía en una improvisada y amistosa timba, y al final, siempre se echaba mano a la tortilla de patata cuidadosamente guardada en una fiambrera de aluminio. Y en verano, el voladizo de la estación era una inmejorable protección del terrible sol de Castilla, y en los bancos a su sombra se organizaban tertulias para comentar los últimos partidos del Real Madrid, o contarse la última película. ¡Ah, el cine! He oído contar innumerables películas. En realidad yo sabía de cine, de actores y actrices mucho antes de que un día, a través de las ventanillas de un moderno Talgo, pudiese ver unas pequeñas pantallas por las que estaban proyectando una de mis favoritas "Asesinato en el Orient Express", que, dicho sea de paso, no me pareció adecuada para ser proyectada en un tren...


Pero estaba hablando de retrasos y de cómo se lo tomaba la gente en otros tiempos. Ahora no; ahora que los trenes suelen circular con una puntualidad digna de mi lejana patria, la gente se enfada terriblemente por tener que esperar cinco o diez minutos, y comienza a dirigir miradas alternativas a sus relojes y a mí, miradas asesinas, como si los relojes fuésemos culpables de ello.

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