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Fue muy cerca de este banco donde cayeron las lágrimas de Merche en la despedida de Septiembre de 1970, cuando Juan Carlos tomó el tren especial que le transportaría a León, a iniciar su servicio militar, y donde tuvieron lugar los sucesivos encuentros y despedidas en cada permiso de fin de semana.


Juan Carlos y Merche viven en Barcelona desde hace veinticinco años. El sigue siendo un enamorado de los trenes -"como buen hijo de ferroviario", pregona con orgullo-. Cuando viene a visitar a sus padres, prefiere hacerlo en tren, y un par de veces al año aparece por aquí, me mira, mira a continuación su reloj, y vuelve a mirarme, esta vez para dedicarme un guiño. Por un momento parece que no hayan pasado estos años; que desaparece la intrincada telaraña de cables eléctricos, que vuelven a circular y rugir las grandes locomotoras de vapor, y que hasta el fantasma de la pasarela vuelve a aparecer a mi derecha...

 

VII.- ALEJANDRO


Alejandro ingresó en RENFE a principios de 1948. Era entonces un joven tímido y trabajador. Hijo de labradores de un pequeño pueblo de Tierra de Campos, tuvo que emigrar, como tantos otros a la capital a buscarse un futuro mejor. Casado en 1946 con Felisa, su novia de toda la vida, tenía un hijo de meses (Juan Carlos), y vivía en la Carretera de Santander, muy cerca de la estación. Comenzó a trabajar como Mozo de estación, una especie de comodín que entonces había en las estaciones. Lo mismo transportaba los paquetes del furgón a la consigna, que ordenaba los envíos en el almacén, ayudaba al factor a redactar los partes de turno, o suplía al guardagujas y tomaba los recados telefónicos.


En Febrero de 1949 nació Pilar, su segundo retoño. Cuando en 1950 se convocaron oposiciones a Enganchador, se presentó sin dudarlo. El sueldo era algo mejor, y había posibilidad de ser "destacado" en otras estaciones, en cuyo caso, cobraría bastante más. A principios de 1951 le entregarían las llaves de un pequeño piso de las Casas de la RENFE que estrenaron con enorme ilusión.


Alejandro trabajó en esta estación durante cuarenta años, hasta su jubilación, en turnos de mañana, tarde o noche, con esporádicas ausencias de algunos meses en que prestó sus servicios en las estaciones de Medina del Campo, Venta de Baños y algunas otras.


Cuando circulaba de un extremo a otro de la estación subido en la pequeña máquina de "maniobras" para unir o separar vagones de los trenes de mercancías, siempre tenía una mirada para mí. Ya sé que su mirada era para saber si aún tenía por delante dos horas, o si apenas le quedaban diez minutos para volver a casa a comer, o a cenar, o a dormir, según el turno. Pero siempre me miraba con sus ojos claros y serenos.

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