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Capítulo 7 - Aprende a leer y escribir

    Tino no sabía bien que  pasaba, le da un beso en el rostro marcado por los años,  sale corriendo con su canasta, a terminar el reparto, para luego tener la charla con Don Manuel.

   Cuando llega a la panadería, encuentra a Don Manuel sentado en su sillón de mimbre, mate en mano y la pava en el fuego. –“Tenemos que tener una charla de amigos”- le dice Tino a su patrón, que lo mira asombrado.

   -“La señora anciana de la otra cuadra, me dijo”- “Te sacaré de las tinieblas Tino, te enseñaré a leer”-

   Asombrado por el cambio del chico, lo invita a sentarse junto a él, para tener una charla de amigos, como lo pedía.

   “-Tu primer cuaderno, lápiz y goma, será el regalo de este gallego, que cuando llegó América, tampoco sabía leer”

   La charla se extendió por un buen rato, el trabajo no se hacía esperar, nuevamente a la rutina.

   El día siguiente sería diferente a los demás. La canasta pasó a un segundo plano, para tener prioridad las enseñanzas, que con tanto amor, fue entregando “la anciana gordita”, como le llamaría a partir de hoy.

  Fueron pasando los días, con sorprendentes adelantos en las lecturas de Tino. Ya podía leer los letreros de los comerciales en la calle, que muchas veces los identificaba por los colores, pero algo mas que importante, escribía su nombre –Valentino-

   ¡Quien no conocía a Tino en el pueblo ¡ ¡Quien en un determinado momento escuchó su historia¡ pero en realidad quedaba una sola persona; el cura.

   La curiosidad de ese niño, era mayor  edad que representaba, porque dentro de pocos días cumpliría los doce años.- “El domingo, se dijo, concurriré a la Iglesia,  veré de que se trata”

    Ese domingo sería diferente a todos los demás, debía levantarse temprano para ir a la Iglesia.  Con algo de desconfianza, y una gran cuota de curiosidad,  ingresa a ese sagrado edificio al que concurría la gran mayoría de la población.

    Se sienta, observa atento a los presentes, tratando de seguirle el ritmo. “Esto no es difícil”, pensaba Tino, “una vez que te  aprendas los movimientos, no voy a tener problema”.

   Finaliza el ritual de la misa, siguiendo su tradición  el cura párroco espera en la puerta principal, para despedirse de los feligreses. –“Yo soy el Padre Pedro y tu “-¿Eres un chico nuevo? le pregunta el cura a Tino. ¿De donde vienes y como te llamas? Mirando la sotana negra y el sombrero haciendo juego, le responde; -“Soy Tino,  trabajo en la panadería”- “Ah, ah, me lo habían comentado” indica el sacerdote. Tomándole sobre el hombro le dice –“No te vayas, debemos hablar”.

  Se sienta en un costado, esperando que el cura termine la ceremonia de la despedida, con la tradicional frase “Que Dios los Bendiga”. Al cabo de un rato, se acerca hacia él, invitándolo a la casa parroquial. Una vez allí, luego de una serie de interrogativas, le pregunta si quería ser su nuevo monaguillo, ya que el anterior se había ido a estudiar a la Capital.

   -“No se de que se trata, señor cura, pero si me enseña”- El cura con la paciencia que los caracteriza, adelanta en parte de que se trataba su nueva actividad. –“Bueno” contesta Tino, “pero no puedo descuidar mis lecciones de lectura, ni el trabajo en la panadería”-

   De vivir encerrado entre cuatro paredes de madera, techo de chapa, un perro de compañía, escasa comida en sus primeros años de vida, a esta nueva situación, que tenía todas las característica de sueño, que temía despertar.

   El recuerdo de su madre, no se borraba de su cabecita. No dejaba de visitar su tumba, muchas veces llevaba flores, pero generalmente la contemplaba en silencio, con muchas dudas que jamás pudo preguntar

   Al otro día ya había corrido la noticia, que el próximo domingo sería Tino el nuevo monaguillo. Como siempre con su pesada canasta, recorría el pueblo entregando la recién horneada mercadería, siendo felicitado por los clientes, diciéndole que el Padre Pedro les había contado.

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