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Índice del artículo

Capítulo 1 - Su niñez

         En un barrio muy marginado de una ciudad, nace un niño. Vivienda muy precaria, de chapa, y en espacio de cuatro  por cuatro, tenía todo.- Dormitorio, cocina, y baño.- En ella, vivía sola una joven mujer que dio a luz un hijo, de un padre, que nunca miró por él. Soltera, trabajando en changas, un perro solamente la acompañaba.- Su embarazo lo llevó a los golpes, cuando en una fría noche de invierno, sola, sin que nadie la ayudara, tuvo su hijo. Esa joven muchacha se llamaba María Petrona,  pero era conocida como “La Beba”.

        Muy pocos se enteraron de lo sucedido, la cruel realidad, la llevó que nuevamente tuviera que salir a trabajar, para cubrir las necesidades mínimas de abrigo, algo de  alimentación, para esa nueva vida, que seguramente estaba destinada a la marginalidad, de la cual había salido.

    Con apenas una semana de vida, de haber nacido su hijo, como pudo, sin nadie que la acompañara, lo lleva a registrar al Juzgado de su pueblo. ¿Cómo se llamará?, le preguntó el funcionario judicial; y ella con voz pausada y entrecortada, indicó, “lo llamaré Valentino”, como mi abuelo. ¿Nombre del padre? –“No lo conozco”- nuevamente pregunta  el funcionario ¿Su nombre y estado civil? –“Me llamo María Petrona Dos Santos, soltera “-

   Vuelve nuevamente a su  realidad, que seguramente en su mente están las bolsas de residuos, los desechos domiciliarios, y porque no, pedir puerta por puerta. Ya nadie la quería recibir con un niño en brazos, decidiendo, dejarlo en la precaria vivienda, con la sola compañía de su perro.

  Después de caminar varios días, puerta a puerta, comercio tras comercio, llega a la vivienda de una anciana sola, que necesitaba ayuda, para la limpieza de su casa. La oferta económica, era muy escasa, pero la necesidad de trabajo era mucho mayor.

   La enérgica anciana, mirándole a los ojos, le indica; “venga temprano, bien aseada y con ropa limpia”, pero no faltó la pregunta de rigor ¿tienes chicos? Bajando la cabeza, la joven muchacha niega la existencia de su pequeño hijo, con tan solo treinta días. La nueva patrona vuelve al interrogatorio ¿Cómo te llamas? “-Me dicen Beba”-

   Contenta por haber conseguido trabajo, regresa a su vivienda, donde encuentra a su Valentino, acompañado por  el perro. ¿Que le doy de comer se preguntó? Su leche materna entrecortada, no lograba satisfacer al pequeño lirón. Sus vecinos, también dedicados a la mendicidad,  era imposible que la ayudaran con una taza de leche.

   Decidida, pero con la mente un poco confusa, sale nuevamente a la calle, en busca del alimento para su chico. Piensa, “a donde golpeo, que digo”, si en todo el barrio, no sabían nada de su reciente maternidad.    

   Se le cruzan por la mente, diferentes situaciones que debió sobrellevar, llegando a su memoria un veterano viudo, que muchas veces, con piropos cargados de malas intenciones, la saludaba cuando pasaba por su vivienda. El asco, la rabia, la impotencia, le invadieron inmediatamente sus pensamientos, pero no había salida. Valentino debía comer.

   Aquel día por unos pocos pesos, vende su cuerpo, no mirando para atrás, conseguirá el alimento necesario, para su hijo.

   Esa noche junto a su hijo, acompañada por el perro durmió esperando  la mañana siguiente. Ya finalizaba el invierno, seguramente la helada no golpearía tan crudamente en el techo de chapa.

    Al otro día bien temprano sale para su trabajo, con la tranquilidad de que el niño estaría acompañado por su fiel perro,  quedando encerrado  en la vivienda.

   La dura realidad golpeaba a diario, en los primeros meses de vida para Valentino. Poca comida, largas e interminables horas solo, sin la figura paternal en los momentos del llanto, y un entorno familiar ausente.

    Con algo de suerte, con la ayuda de Dios, con una madre que trabaja el día entero, y gran parte de las noches de retorno tarde, crece este niño.

  Los primeros pasos, junto al reconocimiento del barrio, no se hicieron esperar. Sus ojos vivaces y su pelo enrulado, ganaron fácilmente la simpatía de sus vecinos. Otro pequeño que apenas comenzaba a formar las primeras palabras, lo llamó “Tino”, lógicamente el nombre Valentino para él,  le era muy difícil de pronunciar.

    A partir de ese día todos lo conocieron como “Tino”.

    Su madre continuaba trabajando en diferentes casas de familia, pero su actividad nocturna no la abandonaba. Un día llega a la humilde vivienda de Tino, una joven apuesta, de cabellos negros, lentes de carey de color marrón, cartera al hombro, portafolio de un cuero envejecido, que se presenta como “Sofía” asistente social.

   El niño sorprendido, y un poco asustadizo, sin separarse de su perro, le pregunta ¿Ud. quien es?, ¿Qué quiere, mi madre no está?

  La joven con voz impostada, pero dulce, le responde –“vengo a conocerte,  lograré convencerte para ir a la escuela”- “Eso no podrá ser”, contesta el niño, con apenas siete años, “no puede dejar sola nuestra vivienda, seguramente Tony mi perrito me va a extrañar”.

   Sorprendida por la respuesta del niño, vuelve a preguntar ¿Donde trabaja tu mamá, y a que hora vuelve? “No lo se, contesta Tino, solo la veo cuando comienza la noche”.

   La apuesta joven, al ver tan delicada situación, decide retirarse, pronto  hará el informe a sus superiores, para una nueva gestión.

   La carpeta se archiva, el informe quedará inconcluso,  cuando llegue una nueva denuncia, se abrirá el caso, para que nuevamente se haga la investigación de rigor.

   Todo parecía seguir un destino cargado de dolor, pobreza, incertidumbres, donde la desgracia era moneda corriente todos los días. Hoy su madre salió mas tarde que lo acostumbrado. Su pelo con una cola bastante desprolija, boca bien pintada de rojo, sus ojos sombreados, pollera muy corta, con su clásica cartera al hombro.

    Esa noche, como tantas, llegará algo diferente a las acostumbradas por Tino. Hoy no venía sola.  Entra a la habitación con un señor mayor, de estatura mediana, mirada enrojecida por el alcohol,  con una voz subida de tono que le grita “hoy harás lo que te diga, hija de perra, estoy cansado de promesas, y no he logrado nada de ti”. Los gritos retumbaran en la pequeña habitación; el pobre niño asustado le pregunta a su madre, ¿Qué está pasando mamá? ¿Quién es este hombre? ¿Qué te reclama, por favor?

   Por un momento el silencio, pero sin mediar palabras, el extraño visitante, golpea con su puño, el rostro de la mujer, que explota en llanto. ¿No llores mamá, suplica el niño? ¿Por qué golpea a mi madre? ¿Con que derecho?

  Volvió el silencio, nadie responde, el niño en un rincón de la habitación abrazado a su perro Tony, no retira sus ojos del rostro de su madre, al fin este hombre enloquecido por el alcohol, se retira.

   Tino, también llorando, se abraza de su madre, ella acaricia su pelo  diciéndole “no más preguntas hijo, no volverá a suceder”.

   Seguramente mañana volverá la rutina, para todo seguir igual. Pero al otro día, su madre no sale. El golpe en su rostro, fue el último de una serie, que se habían sucedido antes de llegar a la casa. El niño la miraba sin saber el motivo de esa brutal golpiza, que dejó a su madre tirada en la cama, sin fuerzas para poder salir a trabajar.


Capítulo 2 - Su difícil niñez

    Busca por todos los rincones algo de comer, pero es inútil, tendrá que salir a la calle, enfrentar  la dura realidad, que por primera vez tendrá que golpear puertas para pedir  algo de comida.

   Con solo ocho años, descalzo, con un pantaloncito que supo ser azul,  un buzo de color lila, con su mirada triste, pero el corazón lleno de orgullo, que le repite “debo ayudar a mi madre, debo ayudar a mi madre”.

    La calle es cruel, difícil de enfrentar,  dura por momentos, pero intrigante por otro. Luego de caminar toda la mañana, encuentra en la bolsa de basura de una panadería, algunos panes, que por su apariencia eran de varios días.  No importa pensó él, mañana mi madre estará bien, logrando como siempre unas monedas, que serán destinadas a la comida.

    Cuando llega a su vivienda, su desconcierto fue total. Solo lo esperaba su perro Tony, que estaba echado en la puerta. Una vecina cuando lo ve, se acerca, ¿Buscas a tu madre?, “la Beba” decidió ir al hospital, para una mejor atención.


Capítulo 3 - Su madre en el hospital

    De inmediato se decide a enfrentar esta nueva situación. Sale a la calle, camina,  en parte corre, para llegar más pronto junto a su madre.

   Todo lo vio inalcanzable, impersonal, nadie lo miraba ni le preguntaba que quería, pero el  decidió  preguntar ¿Dónde está mi madre? La enfermera que lo atendió le dice ¿Quién es tu madre, y como se llama? “ella vive conmigo, le dicen Beba, hoy vino para acá”

    La enfermera nuevamente le hace una pregunta ¿Cuál es tu nombre?, “me llamo Tino”.

   “Quédate por acá, que yo voy a consultar”. Pasado algún rato, regresa la enfermera. Tino salta de su asiento esperando respuesta, que no tarda;  su madre está en control médico ¿La podré ver? Le pregunta Tino? La enfermera le indica  que seguramente por esa mañana no la podrá ver.

   El niño desesperado se larga en llanto,  mirándole a los ojos le dice ¿Qué le pasa a mi mamá, no va  a volver conmigo? ¿Estoy solo, tengo hambre, y mi perro también está solo?

    La enfermera lo toma de la mano,  lo lleva a la cocina del hospital,  donde le solicita a la encargada, que le permita  servirle una taza de leche, con un pan si fuera posible.

   La señora cocinera, le llega al corazón, el llanto de ese niño, que cruda realidad seguramente estaría pasando por su corta vida. ¿Cómo te llamas? “Me dicen Tino”, y “tengo ocho años”. La curiosa interlocutora le vuelve a preguntar ¿tu papá, porque no está contigo?

Vuelve a llorar, se aferra a la taza de leche, y no contesta.

    Ya un poco más tranquilo, se acerca a la cocinera, diciéndole que estaba muy rica, pero… si fuera posible  otra taza. “Está bien”, le contesta la esforzada señora, pero tendrás que ayudarme a barrer la cocina ¿Sabes hacerlo? “En mi casa no se hacía, pero si me enseña”.

   Las lecciones fueron cortas, prácticas, pero muy precisas. Tino tomando entre sus pequeñitas manos la orden recibida, comienza su labor. “Si lo haces bien, te daré un plato de sopa”.

   Una vez finalizada la tarea asignada, se sienta en el suelo  pensando en su madre. “Como haré para verla, que esto es tan grande”. Se hizo de coraje, enfrentando a la cocinera ¿Cómo puedo hacer para ver a mi madre?  “En estos momentos estoy muy ocupada, pero luego de terminar de servir la comida a los enfermos lo averiguaremos”.

   Sigue pensando, sigue pensando volviendo con otra pregunta ¿Si yo le ayudo a repartir la comida, no podré ver a mi madre?  No había duda que ese chico, estaba decidido a llegar hasta la sala, donde estaba internada su mamá.

   “Esta bien le contesta, eso haremos”. Comienza la entrega de los platos de comida, se recorren todo el hospital, pero….. ¿Por que no encontré a mi madre, por ninguna parte? “Lo averiguaremos “le contesta la cocinera. “Quédate en la cocina, que muy pronto te traeré noticias”.

    Han pasado más de una hora. Por fin llega la noticia esperada. “Tu mamá está en el quirófano, y muy pronto la llevaran a sala”.- El niño sin entender de que se trataba pregunta ¿Qué es un quirófano y que le están haciendo? De inmediato pensó la investigadora, - “como  le explico a un niño de ocho años, sin escuela, sin charlas previas con su madre, que es un quirófano”-

   No había ninguna duda, que Tino no se movería de su lado, hasta recibir una explicación. “Bueno, un quirófano es un lugar, donde concurre un médico especializado, que cura las heridas, que en este caso tenía tu mamá”. La verdad que no fueron muy convencedores los detalles recibidos, pero sigue con otra duda, ¿De ese lugar, vuelve a casa? ¿Cuánto tengo que esperar para que mamá, vuelva a trabajar? La cocinera no estaba preparada para tantas preguntas, viendo que muchas de ellas no tenían respuesta. Vaya casualidad, que en el hospital se encontraba una monjita, que venía una vez por semana, de otra localidad, a visitar los enfermos, llevando la palabra de Dios, junto a su amor sin esperar recompensa, pero siempre su voz de aliento al que mas necesitaba.


Capítulo 4 - Su estadía en el convento

   La Hermana Antonia será la indicada, saliendo de inmediato en su búsqueda. Como buena embajadora del buen cristiano y su amor al prójimo, la Hermana Antonia, se encuentra con el niño Tino,  teniendo una larga charla, de casi tres horas.

   La Hermana decide llevarlo hasta su vivienda, aprovechaba a conocer como vivía ese niño con su madre, hoy enferma, para luego ver que hacía con su perro. Solamente con una breve mirada, se grava en su mente toda la historia, que seguramente había vivido ese pequeño.

   ¿Qué piensas hacer Tino? Pregunta la Hermana Antonia. “hoy cuidar de mi perro”,  “mañana temprano iré al Hospital a buscar a mi madre”. Con su rosario en la mano, e invocando a Dios para que ponga en su boca, las palabras justas, para explicarle a este niño, que su madre tendrá para mucho tiempo de internación en el Hospital. “Hoy te quedarás en tu casa, y mañana vendré por ti, luego conocerás un hermoso lugar, donde yo vivo, que te darán amor, comida, recibiendo las enseñanzas justas, para que seas un hombre de bien, en el mañana”. ¿Qué hago con mi perro?, pregunta Tino, -“el también esta solo y triste, y de ninguna manera lo haré sufrir”.- Siguiendo con su invocación a Dios, la Hermana Antonia le responde “él también tendrá su lugar, talvez no en el Convento, pero si muy cerca de el, para que tu lo puedas visitar todos los días”.

     Como se había planeado, la religiosa decide al otro día, ir por el niño que con él traerá  su perro. La sorpresa fue grande, cuando llega a la vivienda, ni rastros de Tino ni de  su perro. Pregunta en el vecindario,  nadie lo ha visto. Camina desconsolada,  nuevamente en oración se entrega a la decisión de su Dios. Algo le dice su corazón, que seguramente el niño estaría en el Hospital. Con paso firme y esperanzado llega hasta el centro de salud. Allí, en un rinconcito en la entrada principal estaba Tino con su perro. ¿Por qué te viniste?, “quería ver a mi madre,  pensé que temprano me dejarían entrar”.

   “Ven conmigo” le dice la religiosa, tomándolo de la mano. Ingresan al lugar rumbo a la sala donde se encuentra su madre. Con los ojos cerrados, respiración lenta y rodeada de cables, sorprenden al chico. “Mamá, soy  Tino, tu hijo”, pero no logra respuesta ¿Qué le pasa a mi madre, que no me contesta? pregunta Tino a la monja. “Está descansando pues no debemos molestarla”.

   Totalmente desconsolado deja el hospital, sale a la calle corriendo

 Junto a su perro, sin pensar el peligro que corrían ambos. El pobre perro nunca había salido de la humilde casilla de madera y chapa de su dueño. Hoy se vio en un mundo desconocido, donde cada uno, va concentrado en sus problemas personales,  no  importándole que pasa a su alrededor.

    El desenlace no demoró en llegar. A pocas cuadras del hospital, el desdichado perro terminó sus días bajo las ruedas, de un pesado camión.- Tino desconsolado vuelve a preguntar ¿Por qué me lo mataron a Tony, era mi único amigo? ¿Quién me cuidará  en mis noches de soledad? Un silencio invade la calle, pero luego sigue la rutina, siendo un  hecho como tantos, pasó a ser una anécdota cotidiana.

   Tino es llevado al Convento.  Todos los días, concurría al hospital para ver a su madre, que aún seguía sin responderle. Su vida parecía haber cambiado, quedaba atrás su humilde vivienda, en estos momentos se veía rodeado de afectos, que borraban el llanto, para sustituirlo por una  leve sonrisa.     


Capítulo 5 - La muerte de su madre

   Hoy es domingo, un domingo diferente porque Tino cumple diez años. Como todos los días concurre al hospital.  En el camino encuentra una querida enfermera, que le da un beso, le pone la mano en la cabeza, para luego seguir su camino.

   Su entrada a la sala de su madre sería triunfal, por que hoy cumple diez años,  le contaría a su madre  lo bien que estaba pasando en el Convento. Sus ojos quedan fijos, en la cama vacía de su madre,  de inmediato sale a pedir explicación.

   Por ser domingo muy poco personal encuentra en su camino; pero al fin logrará una respuesta para sus dudas. ¿Dónde está mi madre? grita Tino. Con voz pausada, pero con las palabras justas, una vieja enfermera será el interlocutor que Tino precisa. “Tú sabes que Dios, quiere a su lado, a los más buenos”. -“Eso ya lo sé”- contesta el niño, “las hermanas me lo han explicado”. Vuelve a insistir ¿Dónde está mi madre? La enfermera viendo su desesperación le dice” ella sabía que tu querido perrito Tony estaría solo, decidió acompañarlo” – “No es cierto, mi perro se murió, pero mi madre no se puede morir”- Ya viendo que las metáforas estaban de más,  decidió explicarle lo sucedido. “Ella estaba sufriendo mucho, no tenía recuperación, y hoy descansa en paz”.

   ¿A dónde la llevaron? pregunta Tino. “Esta sepultada en el cementerio del pueblo, en la zona del fondo, donde una hermosa arboleda le ofrece sombra y compañía.

   Decidido a enfrentar la nueva realidad, el niño en pocos minutos llega a la puerta del cementerio.  Un señor, seguramente encargado de ese lugar, lo recibe  preguntándole ¿Qué haces por acá niño? –“Busco a mi madre”, el señor, que lucía un uniforme gris, zapatos negros y sus cabellos blancos, vuelve a preguntar ¿Quién era tu madre? , Tino, que le parecía que el tiempo se le escapaba entre sus manos, comienza a caminar en busca de la arboleda,  indicada como referencia,  por la enfermera.

     Atrás del chico,  sin perderle pisada, el hombre de gris. Se reanuda el diálogo ¿Cuándo murió,  en donde, como se llama? – “en el hospital, creo que fue ayer, su nombre es Beba”

   Como viejo conocedor de todos los rincones de ese cementerio, toma de la mano al niño,  lo traslada  a la reciente tumba de su madre, de apenas veinticuatro horas. “Me deja solo, por favor”, le pide el niño.

   En la tierra, recién removida, sin una flor, sin un nombre, solamente un número. Se sienta en el suelo, llora, golpea con su puñito el suelo,  repitiendo ¿Por qué?, ¿Por qué?

   Ya han pasado dos horas, pero el niño sigue en el mismo lugar. El encargado preocupado va por él,  trata de consolarlo. ¿Qué será de tu vida, a partir de hoy? – “estás solo en esta vida, y eres apenas un niño”- Tino lo escucha sin levantar la vista, le responde – “No te preocupes, nunca estaré solo, Dios estará conmigo, como me enseñaron las monjitas”.

  Vuelve a quedar solo,  en ese instante, siente una mano sobre su hombro; se da vuelta, mira a su lado,  un hombre alto, de barba cerrada, pelo largo,  mirada penetrante esta a su lado. ¿Quién eres preguntó Tino? – “Un amigo que te quiere mucho, te conoce desde que naciste, y que nunca te abandonará” – Tino mira fija la placa numérica de la tumba de su madre, vuelve la cabeza haciéndole una pregunta ¿Eres mi padre? , pero el extraño visitante ya no está.

    Las horas han pasado, muy pronto el sol ya no alumbrará ese triste lugar.-

  Esa noche decide volver a su antigua casilla, pero cuando llega, un intruso se había apoderado de ella, siendo imposible poder sacarlo.          Decide caminar por el pueblo, pero el cansancio, el sueño, más la angustia de lo vivido, lo sorprenderán en un banco de la placita.

    Muy temprano debió dejar ese lugar; su estómago se encontraba vacío, no quería volver al Convento, tenía una clara  necesidad de resolver su vida,  urgente decide ir al encuentro de un horizonte diferente.

   El pueblo dormía, lo único que estaba en actividad era la panadería.  Su patrón era un gallego solterón, que tenía junto al comercio su vivienda. ¿Qué haces aquí tan temprano?, le pregunta un empleado del comercio; -“tengo hambre, mi madre y mi perro Tony murieron y me quedé sin vivienda·.

  No sabían si realmente esa terrible historia era realidad, pero en principio decidieron darle pan fresco, bizcochos calientes, junto a una taza de leche.


Capítulo 6 - Su primer trabajo

   Quédate por ahora con nosotros en la cuadra, que cuando llegue Don Manuel, verá que hace contigo. La presencia del gallego, no se hizo esperar, de inmediato comienza el interrogatorio. Tino cuenta su historia. Aquel gallego que parecía de una piedra maciza, se le ablanda el corazón. –“Mira chico, justamente preciso un repartidor, creo  serás tu el indicado” –

   Canasta de mimbre al brazo, un gorrito blanco,  alpargatas blancas del mandadero anterior, serán su presentación de aquí en adelante.

  Simpático, de buenos modales, atento a las enseñanzas de los mayores, que muy  pronto el cariño de sus pares no se hizo esperar. 

  Don Manuel, le permitió quedarse a dormir, en un pequeño cuartito al fondo de la panadería, que solamente guardaba  bolsas vacías de harina.

  Los once años le llegaron muy pronto, ganándose la simpatía de todos los clientes de la panadería. Un día llega a la casa de una simpática y cariñosa anciana, con su canasta repleta de mercadería, con la sonrisa amplia, moviendo en varias direcciones sus ojos vivaces. “Pasa a la cocina”, le indicó la señora, invitándolo con un fresco vaso de leche. –“Te voy a regalar un libro de aventuras, que seguramente te va a gustar” – Tino baja la cabeza, desaparece aquella mirada alegre,  convirtiéndose en lágrimas. –“Le agradezco, pero no se leer” - ¿Cómo que no sabes leer? ¿Cuántos años tienes? ¿Nunca fuiste a la escuela? –“Mi vida no ha sido fácil señora….si yo le contara”-

     La dulce anciana no podía creer lo que escuchaba, pero a su vez una extraña tristeza llena su corazón.”-De ninguna manera, mañana mismo, le pides permiso a tu patrón,  yo seré quien te enseñaré a leer”-


Capítulo 7 - Aprende a leer y escribir

    Tino no sabía bien que  pasaba, le da un beso en el rostro marcado por los años,  sale corriendo con su canasta, a terminar el reparto, para luego tener la charla con Don Manuel.

   Cuando llega a la panadería, encuentra a Don Manuel sentado en su sillón de mimbre, mate en mano y la pava en el fuego. –“Tenemos que tener una charla de amigos”- le dice Tino a su patrón, que lo mira asombrado.

   -“La señora anciana de la otra cuadra, me dijo”- “Te sacaré de las tinieblas Tino, te enseñaré a leer”-

   Asombrado por el cambio del chico, lo invita a sentarse junto a él, para tener una charla de amigos, como lo pedía.

   “-Tu primer cuaderno, lápiz y goma, será el regalo de este gallego, que cuando llegó América, tampoco sabía leer”

   La charla se extendió por un buen rato, el trabajo no se hacía esperar, nuevamente a la rutina.

   El día siguiente sería diferente a los demás. La canasta pasó a un segundo plano, para tener prioridad las enseñanzas, que con tanto amor, fue entregando “la anciana gordita”, como le llamaría a partir de hoy.

  Fueron pasando los días, con sorprendentes adelantos en las lecturas de Tino. Ya podía leer los letreros de los comerciales en la calle, que muchas veces los identificaba por los colores, pero algo mas que importante, escribía su nombre –Valentino-

   ¡Quien no conocía a Tino en el pueblo ¡ ¡Quien en un determinado momento escuchó su historia¡ pero en realidad quedaba una sola persona; el cura.

   La curiosidad de ese niño, era mayor  edad que representaba, porque dentro de pocos días cumpliría los doce años.- “El domingo, se dijo, concurriré a la Iglesia,  veré de que se trata”

    Ese domingo sería diferente a todos los demás, debía levantarse temprano para ir a la Iglesia.  Con algo de desconfianza, y una gran cuota de curiosidad,  ingresa a ese sagrado edificio al que concurría la gran mayoría de la población.

    Se sienta, observa atento a los presentes, tratando de seguirle el ritmo. “Esto no es difícil”, pensaba Tino, “una vez que te  aprendas los movimientos, no voy a tener problema”.

   Finaliza el ritual de la misa, siguiendo su tradición  el cura párroco espera en la puerta principal, para despedirse de los feligreses. –“Yo soy el Padre Pedro y tu “-¿Eres un chico nuevo? le pregunta el cura a Tino. ¿De donde vienes y como te llamas? Mirando la sotana negra y el sombrero haciendo juego, le responde; -“Soy Tino,  trabajo en la panadería”- “Ah, ah, me lo habían comentado” indica el sacerdote. Tomándole sobre el hombro le dice –“No te vayas, debemos hablar”.

  Se sienta en un costado, esperando que el cura termine la ceremonia de la despedida, con la tradicional frase “Que Dios los Bendiga”. Al cabo de un rato, se acerca hacia él, invitándolo a la casa parroquial. Una vez allí, luego de una serie de interrogativas, le pregunta si quería ser su nuevo monaguillo, ya que el anterior se había ido a estudiar a la Capital.

   -“No se de que se trata, señor cura, pero si me enseña”- El cura con la paciencia que los caracteriza, adelanta en parte de que se trataba su nueva actividad. –“Bueno” contesta Tino, “pero no puedo descuidar mis lecciones de lectura, ni el trabajo en la panadería”-

   De vivir encerrado entre cuatro paredes de madera, techo de chapa, un perro de compañía, escasa comida en sus primeros años de vida, a esta nueva situación, que tenía todas las característica de sueño, que temía despertar.

   El recuerdo de su madre, no se borraba de su cabecita. No dejaba de visitar su tumba, muchas veces llevaba flores, pero generalmente la contemplaba en silencio, con muchas dudas que jamás pudo preguntar

   Al otro día ya había corrido la noticia, que el próximo domingo sería Tino el nuevo monaguillo. Como siempre con su pesada canasta, recorría el pueblo entregando la recién horneada mercadería, siendo felicitado por los clientes, diciéndole que el Padre Pedro les había contado.


Capítulo 8 - La búsqueda de su padre

   Pero había otra preocupación que lo estaba inquietando, e incluso por las noches, eran horas de insomnio, boca arriba pensando en el tema. “Por que mi madre, no comentó quien era mi padre”. “Alguien debe saberlo”. Al primero que fijó en su pensamiento fue a Don Manuel. Al otro día no demoró en preguntarle ¿Don Manuel, Ud. conoció a mi padre? Era una pregunta directa, sensible, pero llena de curiosidad, de llegar a una verdad, que su madre siempre le había ocultado.

   -“No lo sé Tino, cuando conocí a tu madre tu ya eras grandecito”-

¿Pero alguien debe saberlo? ¿Quién me lo podrá contar? A Don Manuel los años, le habían enseñado muchas cosas, pero había preguntas que no tenían respuesta, y más cuando venían de un niño huérfano, de un padre ausente.

         La idea ya estaba fija en su mente; muy pronto comenzaría la búsqueda, de ese hombre que solo supo engendrarlo,  que jamás miró por él, que seguramente hizo desgraciada a su madre, pero en definitiva, llevo su sangre.

   En las lecciones de lectura, muchas veces su mente quedaba en blanco,  bajo la atenta miraba de su “anciana gordita”, que un día pregunta ¿Qué te aflige Tino, que te veo pensativo?, -“Veo que no te concentras en mis enseñanzas” Un breve silencio, mirada al piso como buscando las palabras justas, para contarle a su maestra, se le hizo un nudo en su garganta, no pudiendo responder.  Ese día todo queda igual,  vuelve a la sombra de su cuarto, como todas las noches.

   Aquellos momentos de alegría que venía recibiendo, pasaron a un segundo plano, para internarse en una melancolía, que lo volvió taciturno, y de pocas palabras. Por su mente pasaban los recuerdos de su madre, de su perro Tony, de aquel hombre culpable de la muerte de su madre, por los golpes recibidos, el dulce rostro de su maestra, los consejos de las monjitas, las palabras sabias de Don Manuel, pero estaba solo.

    Vuelve al hospital, busca a la vieja enfermera, pero le informaron que había fallecido el año anterior. Desconsolado, camina lento, como buscando una luz de esperanza. Cansado se sienta a la sombra de un árbol, donde se queda dormido. Sobresaltado con el canto de un pájaro, nuevamente siente una  mano sobre su hombro,  junto a él estaba aquel señor, que una vez lo acompañó junto a la tumba de su madre ¿Quién eres?, nuevamente preguntó Tino.  –“No temas hijo mío, tu búsqueda no será en vano, pero te hará mucho daño”- Nuevamente queda dormido, pero la imagen desaparece como la vez anterior.

   Cuando despierta regresa a su cuarto, solo, con la mente fija en su identidad, decide que el domingo cuando vaya a la iglesia, tendrá una charla personal con el cura.

   Apenas abre sus ojos en la mañana, se le ocurre que la “anciana gordita”, puede tener alguna información interesante, que le ayude en la búsqueda del hombre que podría ser su padre.

   El trabajo en la panadería aumenta,  se enferma un obrero de la cuadra, siendo Tino la persona indicada para suplantarlo. De mañana continúa con el reparto, por la tarde limpieza, ayudando en la noche a las tareas de la panificación. Esta situación imprevista, le tiene su mente ocupada, ayudándolo  en parte a olvidar la meta que se había fijado.

   Como todos los domingos concurre a la iglesia, a oficiar de monaguillo, teniendo la oportunidad de charlar con el cura Pedro, como se lo había propuesto. ¿Le voy hacer una pregunta señor cura?, mirándolo a los ojos ¿Ud. conoció a mi padre? ¿Quién era, donde vive? Al sacerdote lo toma de sorpresa, ese inesperado interrogatorio, duda unos instantes, lo mira a los ojos, diciéndole; -“Mira…..tengo un leve recuerdo de tu mamá, cuanto tu naciste”- Tino viendo la inseguridad de las palabras del sacerdote, vuelve al ataque; -“Ud. no me puede mentir, para eso es cura”- “Por supuesto” contestó el sacerdote, “buscaré en mis viejos apuntes, ahí posiblemente podré tener una pista” –

    -“El próximo domingo, seguramente podré darte noticias, si es que encuentro la información que te satisfaga.”

  Que lejos veía Tino el próximo domingo, el quería algo más concreto, que no le sembraran mas  dudas,  en su vida ya había tenido bastante. De la iglesia camina en dirección a la casa de su maestra la “anciana gordita”, decidido a enfrentar una realidad, que siempre le ocultó, posiblemente por vergüenza.

   Golpea a la puerta, varias veces, cuando por la ventana, se oye una voz entrecorta ¿Quién es? una pausa prolongada ¿Qué desea? –“No me siento bien, podría venir mañana” – Como un balde de agua fría en su cabeza, escuchó ese mensaje. “No puede ser pensó Tino, no se puede morir también esta anciana”.

    Camina lento, dirigiéndose a la plaza, donde solía encontrar a un lustra botas, que en varias oportunidades charlaban de sus vidas, no muy generosas para ambos.

   En una esquina de la plaza, estaba su compañero de largas charlas en sus ratos libres, dejando muchas veces volar la imaginación, para luego bajar a la dura realidad. El joven lustrabotas posiblemente un par de años mayor que él, con una trayectoria de vida cargada de anécdotas, escuchando desde su cajón de lustrador muchas historias, unas verídicas, otras imaginarias.

    Tino se sienta en el suelo, lo mira atentamente porque su amigo tenía un cigarro en la boca. ¿No quieres un pucho?, -“mira que aún tengo más”- Moviendo su cabeza en forma negativa, Tino  decide comentarle su nueva preocupación. ¿En alguna oportunidad escuchaste, la historia de mi madre? –“No exactamente su historia”, indica el amigo, “una vez un señor, de fina ropa, iba preparado para un encuentro, que por la característica en la descripción de la mujer, sería tu madre”- ¿Cuándo fue eso, por favor? ¿Reconocerías a ese señor? –“Hace demasiado tiempo, yo recién comenzaba a trabajar, y tendría unos siete años”- ¿Debes acordarte como era ese hombre?, -“cualquier dato que tu recuerdes,  para mi es importante”- pero era inútil, había pasado mucho tiempo, para recordar su rostro.

   Todo indicaba que tendría que esperar al cura, o que la anciana maestra, mejorara de su dolencia, para iniciar la charla tan esperada.

    Su canasta, las obligaciones, lo esperaban nuevamente al otro día, no pudiéndole fallar a Don Manuel, que había sido muy bueno con el. El reparto hoy era corto, teniendo tiempo en cada hogar que llegaba, a charlar generalmente con la patrona. Necesariamente repetía en cada lado, su meta fijada; encontrar a su padre.

   Nadie supo responder a la gran incógnita de Tino, ni siquiera una pequeña pista. Pero su orgullo personal, tomaba fuerza, que era conocida en ese pequeño poblado.

   En el Convento llegó la noticia, y la Hermana Antonia, decidió salir en su búsqueda, para tener una conversación con él. Preguntando no fue difícil encontrarlo, invitándolo a desentrañar de su mente, ese misterio de su padre, que lo estaba acosando.

    “-Hola Tino, como estás”, “Por que te alejaste de nosotros, que fuimos para ti, su segunda madre”

  -“Perdone, Hermana Antonia, realmente me avergüenzo de lo mal agradecido que fui”- “Le juro que no volverá a pasar”-

   Caminan ambos en dirección al Convento, con una charla amena, recordatoria, pero con poco contenido de interés para Tino.

   En una sala los dos solos, comienzan una conferencia de vida, que durará varias horas. ¿Por qué buscas a tu padre, después de tanto tiempo? – “En realidad” contesta Tino, “siempre lo tuve en mi mente, pero no tenía el coraje necesario, para preguntar por él” – “Hoy ya tengo catorce años, no tengo a mi madre, me hace falta la presencia paterna que nunca tuve”.-

   La monjita trataba de sacarle de la cabeza esa idea fija –“Pero él nunca te buscó, ni preguntó por ti”- “Tú crees que tendrá interés en verte”- Cada palabra de la Hermana Antonia, eran como puñales, que le iban clavando en el corazón. De pronto interrumpió en llanto, pidiéndole por favor que no lo destrozara más.

   “Está bien” dijo la Hermana Antonia, nosotros conocemos a una señora, que vive en las afueras del pueblo, que talvez pueda darte alguna información.-

   Mañana, después de medio día, iremos en su búsqueda. –“Gracias hermanita, yo sabía que no podían fallarme”

   Una noche interminable, con pensamientos entrecruzados, unos buenos, otros malos, algunos regulares. Era razonable, si encontraba a ese hombre,  se iba a enfrentar posiblemente con el enemigo,  alguien con un corazón de piedra, que ignoró su existencia.

   Debo ir bien presentable, me cortaré el pelo, compraré unas alpargatas nuevas, pidiéndole a Don Manuel, que le diera la mañana libre.

   Caminando junto a la Hermana Antonia, llegaron a la casa de la señora misteriosa, que vivía en una modesta vivienda, de las afueras del pueblo. Su rostro relativamente joven, pelo corto, falda a la rodilla, descalza, con un pucho en la mano. “Mi nombre es Mimí, Uds. que desean”. La hermana le explica que ese niño, desea hacerle algunas preguntas. ¿De que se trata?, dirigiéndose al niño, que de inmediato le contesta; -“Busco a mi padre, mi madre ha muerto, no conociendo a nadie de mi familia”. ¿Como se llamaba tu madre? –“Le decían Beba” – Cuando la informante escucha ese nombre, lo mira a los ojos, indicándole a la monja que lo dejen solos.

   “Mira chico”, ¿Cómo te llamas?,-“me llamo Valentino, pero me dicen Tino”-

    “Escucha atento lo que te voy a contar, no me interrumpas, y luego preguntas” – “Hace muchos años, una joven muy bonita, pierde a sus padres, en un hecho confuso, del que mucho se habló.   Esa joven tenía apenas quince años, quien fue llevada a la casa de una tía, hermana de su padre, que vivía en pareja con un hombre, menor que ella. Según cuentan los vecinos de la época, la muchacha era abusada por el marido de su tía, e incluso obligándola a tener relaciones con sus amigotes. Pasaron un par de años, cuando la tía decide, echarlo de la casa, cuando se entera de la desagradable situación que allí se vivía.”

  La mujer hace un descanso en la historia, dando la oportunidad a Tino a preguntar, ¿Y después que pasó? “No te apures que aún queda un largo trecho. Ese hombre la siguió viendo a la joven, hasta que un día, no aparece más. Pero….la pobre infeliz había quedado embarazada. Su tía viendo lo que le esperaba, le pide que se vaya, echándola como un perro.” Después se supo que ese hombre, se había ido a trabajar a la Estancia “Las Mariposas”, a pocos kilómetros de este pueblo. Esa joven mujer era tu madre.”

   Este escalofriante relato, le dio pie a Tino a preguntar ¿Cómo se llamaba ese hombre, aún vive? “Creo” contesta Mimi, que tenía el apodo de “Pancho”, pero yo nunca más lo vi. ¿Cómo sabe esta historia?,  la dura realidad sigue golpeando a Tino, cuando la desalineada mujer le dice –“Me la contó ella, cuando se hacía llamar “La Beba”, en el prostíbulo del pueblo”.

   Se despide, le da las gracias, con el ánimo echo tiras, comienza a caminar, sin rumbo, hacia cualquier lugar, lo más lejos posible del lugar donde aparentemente, le habían dado una pista importante para lo que el buscaba.

   Esa noche por primera vez bebió alcohol, de una botella que le encontró a Don Manuel en la despensa de su casa.

  Su cabeza estallaba, desenredando la historia recién contada, más el alcohol que había ingerido. Que hago se decía, lo busco, dejo todo como venía hace unos meses; su confusión era total.

  Alguien tiene que ser mi consejero, pensó. Sin duda Don Manuel me indicará el camino correcto, que debo seguir.

  Al día siguiente cuando llega su patrón, le cuenta lo sucedido, pidiéndole una reflexión. Don Manuel dudando en principio los pasos a seguir, decide acompañarlo. “Yo conozco esa estancia, también sus patrones, quienes son clientes de mi panadería hace muchos años.

   Esa misma tarde, en un coche de dos caballos de su propiedad, salen rumbo a la estancia “Las Mariposas”. Un viaje de media hora, a paso lento, llega al casco del establecimiento. Lo recibe un casero, que simpáticamente le pregunta ¿Qué desea Don Manuel? “El patrón no está, anda por la Capital, seguramente viene mañana”

   El niño inquieto, no pudo esperar, preguntándole ¿Aquí trabaja un señor que le llaman “Pancho”? “Trabajaba indica el casero, hace unos meses se fue a la deschalada de maíz a la estancia del “Brasilero”. Donde queda esa estancia pregunta Don Manuel. Como buen hombre de campo, el casero le indica; por este mismo camino, unas dos leguas, no teniendo como perderse, pues hay un ombú grande en la tranquera.

   Era una tarde de invierno, muy pronto se entrará el sol, y sin mediar palabras, deciden volver al otro día.

  Volviendo para el pueblo, le pide al patrón llegar por la casa de su anciana maestra. Golpea suavemente, como para no sorprenderla, cuando la figura de la querida anciana, lo sale a recibir. Se saludan, prometiendo venir a visitarla otro día.

  Cuando llegan, el cura Pedro lo estaba buscando, para que le ayudara a cambiar unos muebles, porque estaba de pintada en la parroquia. –“Mañana estaré por la parroquia”- le indica Tino, por hoy tengo suficiente.

    Al otro día no podía fallarle al cura, tendrá que ir a la parroquia, una vez que termine con el reparto, que seguía haciéndolo a diario.

  Cuando se encuentra con el sacerdote, le pregunta si había encontrado alguna información, que le diera la oportunidad de encontrar a su padre. El Padre Pedro, cambia el rumbo de la conversación, llevándolo directamente al trabajo.  

   Inmediatamente se dio cuenta Tino, que el cura Pedro no le interesaba hablar del tema, talvez por prudencia, o simplemente para no lastimar su rica inocencia que guardaba su interior.

   Don Manuel sería la persona indicada para llevarlo al encuentro de aquel hombre, que según parece podía ser su padre. Como se lo habían prometido, nuevamente prepara su coche de caballos, partiendo a primeras horas de la tarde, rumbo a la estancia del “Brasilero”, según datos del casero de la Estancia Las Mariposas.

    A trote lento, van rumbo a la búsqueda del ombú, que será su primera referencia para encontrar la entrada de la estancia. Desde lejos pueden ver recortado en el horizonte, un hermoso ombú, que por su tamaño, debe tener muchos años. Llegan a el, abren la tranquera, comenzando a desandar un caminito angosto, con algunos árboles generalmente en las curvas, como indicando que en ese lugar el camino cambiaba de dirección.

   Lo reciben dos perros, con pinta de pocos amigos, pero inmediatamente, viene al encuentro de los visitantes, una señora con acento extranjero, seguramente la esposa del patrón, que les dice ¿Qué desean los señores? Don Manuel con la tranquilidad que lo caracteriza, le explica –“Venimos desde el pueblo. Este chico trabaja en mi comercio, es de mi total confianza, desde hace algún tiempo busca a su padre”- ¿Qué nombre tiene su padre?, pregunta la dueña de casa. Ya nervioso, con una ansiedad desbordante, Tino le responde –“Se llama Pancho”-

    La señora les indica que en el establecimiento tienen tres personas estables, más diez peones golondrinas que han llegado para la zafra del maíz. –“Preguntaré a mi capataz, si conoce alguno de los peones, que se llame Pancho” – Se retira del patio donde los había recibido, entrando al establecimiento. El retorno no se hizo esperar, pero en esta oportunidad regresaba con el capataz de la estancia. “El es Rodrigo Pereira, quien tiene a cargo todo el personal que trabaja, en las diferentes tareas, que aquí se desarrollan”.-

    Rodrigo Pereira, es un hombre de unos cuarenta años, estatura mediana, tez oscura, con una expresión en su rostro, de pocas palabras, quien les dice: “En el potrero del fondo, tengo a un hombre que le dicen “Pancho”, “Vino para la zafra”. Lógicamente cuando Tino escucha ese comentario, sus ojos brillaron más que nunca. Un poco tímido pero decidido le dice ¿Podré verlo? El capataz ubicando sus manos en la cintura, tira el pucho, se acomoda el sombrero, mira fijamente a los visitantes, respondiéndole: “Será al finalizar el día cuando regresen de su trabajo”.

   Don Manuel agradece la atención de la señora, solicitándole al capataz, la autorización para esperar al hombre en cuestión, hasta la hora del regreso. En el patio de la estancia, bajo un frondoso árbol, estaban ubicados unos bancos de madera, que serán los indicados para hacer el aguante hasta la hora de entrada del sol, que seguramente es cuando volverían los del potrero del fondo.

   Los nervios de este chico, iban en aumento. Los minutos parecían horas, teniendo fija su mirada, en el lugar que con seguridad ingresarían este grupo de peones.

  El sol se va perdiendo en el horizonte, cuando a lo lejos se pueden observar un grupo de trabajadores, acercándose al casco de la estancia.

   A pocos metros del casco principal de la estancia, estaba el galpón de la peonada, dirigiéndose a el sin mediar palabras.

   Caminando con temor, se dirigen a ese galpón Tino y Don Manuel. ¿Algunos de Uds. se llama Pancho?, preguntó Don Manuel. Un breve silencio se produce entre los peones, que parecían no haber escuchado la pregunta. El viejo gallego vuelve a insistir con la curiosidad que aterraba a Tino. ¿Puede ser que trabaje un señor llamado Pancho entre Uds?


Capítulo 9 - Encuentro con su padre

Vaya sorpresa cuando en el fondo del galpón se oye una voz que dice ¿Soy yo Pancho, para que me buscan? De a uno se iban retirando los peones, para dirigirse a la cocina, ya era la hora de la cena. Muy poca luz en el galpón, solo un pequeño farol a keroseno, era el testigo de este encuentro.

  Se acerca a paso lento, un hombre de barba cerrada, pelo largo, mirada profunda, con sus manos curtidas por el sol, con cicatrices profundas en sus brazos, que seguramente las trae desde muy joven.

    Tino queda paralizado, no le salen palabras, le tiemblan las piernas, pero sacando fuerzas de su interior le dice, ¿Yo a Ud. lo conozco? ¿Lo he visto dos veces a mi lado? ¿Es Ud. realmente Pancho? Este hombre de pocas palabras, le pide a Don Manuel que el deje solo, que ese niño debe conocer una historia.

  “Te agradezco que me escuches con atención, me cuesta mucho recordar mi vida, hubiera preferido morir”  “Hace muchos años, por circunstancias que no vienen al caso, conocí a tu madre. En esos momentos nos enamoramos, pero mi vida estaba comprometida con otra persona. Cuando tu madre queda embazada, yo tuve que alejarme de la zona, porque en una pelea, había matado a un hombre. Me fui lejos, hasta que todo quedara tranquilo. Cuando regreso me contaron que tú existías, pero no tenía trabajo, dándome vergüenza que tú me conocieras. Luego tuve que alejarme nuevamente en busca de trabajo, regresando el día que muere tu mamá”. Tino no aguanta, preguntándole ¿Entonces ese señor que me puso la mano en el hombro, en el cementerio eras tú? ¿Por qué no me dijiste que eras mi padre?

   El hombre hace un breve silencio, continuando su historia. “En esos momentos no podía hacerme cargo de ti, estaba algo enfermo, sin trabajo, viviendo de agregado en una estancia de la zona. Sabía que tan mal no te iba, que tenias trabajo, comida y donde vivir”-

   “Luego mi animé, nuevamente cuando te habías quedado dormido bajo aquel árbol, teniendo la intención de contarte toda la verdad, pero no tuve la fuerza necesaria para hacerlo”.

   Tino lleno de ilusión por el encuentro con su padre, exclamó: ¿Ya no te vas a separar de mi, verdad? Nuevamente el silencio, cierra los ojos, pone su mano sobre la cabeza de Tino, le agradece por tener el valor de haber venido, diciéndole “Mañana, no sabré que me tiene reservado el destino” “Hoy estoy aquí, en esta estancia, por una breve changa, luego, nuevamente el camino”.

   Tino no se puede convencer de perder a su padre, una vez encontrado. “Mañana vendré a verte, te traeré pan fresco de la panadería donde trabajo, y seguiremos charlando”.

   El buen hombre da por terminada la charla, dirigiéndose a la cocina, junto a los demás compañeros.

   El retorno con Don Manuel, fue casi en silencio. El viejo gallego, no se animaba a preguntar nada, solo esperaba que Tino se las contara. “Ud. precisa un ayudante en la panadería Don Manuel, porque no le da trabajo a mi padre”. El gallego, con la experiencia que le dieron los años, solo le responde “Vamos a esperar”

   Todo parecía un largo sueño, que seguramente Tino no quería despertar. Pero que pasaría a partir de mañana, o al otro día cuanto decidiera volver a la estancia a ver a su padre. Lo volverá a encontrar. El no soportaría otra desilusión, habían sido muchos golpes con tan solo quince años.

   Desbordado de ilusión, fue contando a todos sus conocidos el encuentro con su padre. A la anciana maestra, al cura Pedro, a todos los compañeros de trabajo, al amigo de sus encuentros en la plaza, en fin, a todos. Tino era querido por su espontaneidad, por su apego a la vida, por mirar siempre adelante, no dejándose avasallar por ningún obstáculo por grave que fuera.

   La vida lo ponía en un brete, que sin lugar a dudas debía decidir solo, ya que todos le decían  “Lo que te dicte el corazón”.

   Volvió a pedirle un nuevo favor a Don Manuel, que al otro día lo llevara nuevamente a ver a su padre.

  En esos días se había instalado en las afueras del pueblo, un aserradero, solicitando operarios con experiencia, para todo trabajo.

  A Tino se le ocurrió la idea, de hablar con el encargado de contratar el personal, solicitándole trabajo para su padre, hombre rudo, acostumbrado a trabajos pesados, que encuadraba con las exigencias de la nueva industria.

  Cuando llegan el otro día a la estancia, nuevamente tuvieron que esperar la finalización de las tareas, para poder encontrarse con su padre. Esta vez más tranquilo, aplomado, con la noticia que le había conseguido trabajo en el aserradero, se sientan a conversar bajo el farol, que los alumbró la primera vez, pero hoy en realidad parecía que alumbraba un poco más.

       Su padre lo toma de las manos, lo mira a los ojos diciéndole: “Mira Tino, ninguno de los dos sabemos, por que el destino nos mantuvo separado. Hoy la mano de Dios, nos ha juntado, pero tengo miedo de volverte a perder”.

   Al niño se le llenaron los ojos de lágrimas, trata de explicarle a su padre –“Papá, por que nos vamos a separar, yo tengo trabajo, tu pronto podrás comenzar en el aserradero, trataremos hacer de nuestras vidas, una familia”.

   “Mañana se termina la changa en esta estancia, recibiré la paga, juntaré las pocas cosas que son de mi propiedad, para llegar a ese nuevo trabajo temprano de la próxima mañana.” Don Manuel lejos de la escena, mira atento el desenlace.

   “Debo conseguir alguna vivienda, o talvez en el mismo aserradero me ofrecen para quedarme”,  Todo se dio como el misterioso Pancho, se lo había planteado a Tino.

   La noticia llegó muy pronto a todo el pueblo. Las viejas comadres, hacían sus propios comentarios, algunos positivos, otros negativos.

  Una tarde Tino se encuentra con su padre, para hacerle un pedido, -“Papá por que no vivimos juntos, compartimos la comida, nos sentamos a la mesa, charlando de padre a hijo.”-

  “Mira mi pequeño”, dijo Pancho –“Lo mejor para los dos, es vernos igual todos los días, pero la convivencia muchas veces termina en separación, no queriendo esto nuevamente” - ¿Qué pasa, no me quieres?, le pregunta Tino, “porque te quiero hago esto” “Tenemos costumbres totalmente diferentes, tu con quince años, yo cumpliendo los cuarenta y cinco”.

  Así se fueron dando los encuentros entre padre e hijo, escuchando Tino con atención las historias de su padre,  aprovechando para darle consejos, que debería tener en cuenta en el resto de su vida.


Capítulo 10 - Encuentro con el amor y casamiento

  Un día llega a la casa de Don Manuel, una joven muy bonita, que según parece era su sobrina. Mirada va, mirada viene, comenzó una amistad, que terminó en amor. La chica de nombre Graciela, venía de la capital, donde su padre tenía instalada una importante fábrica.

  Al cabo de algunos días, la joven regresa a su casa, pero la semilla de amor, queda sembrada entre ellos. El regreso no se hizo esperar, acompañada de su padre, vienen a buscar a Tino por dos motivos: que debía casarse Tino y Graciela, con la condición de venir a vivir a la capital, para trabajar de encargado en la fábrica. Tino en esos momentos ya había cumplido veinte años.- ¿Pero mi padre?, indicó Tino – “Lo seguirás viendo, porque vendremos seguimos a este pueblo”.-

   Todos querían venir a despedirse de Tino. El cura Pedro, la anciana maestra, el amigo de la plaza, Mimí, Don Manuel, sus compañeros de trabajo, y principalmente su padre. Abrazados, declarándose un gran cariño, juraron volver a verse muy pronto, porque seguramente en su próxima visita vendrá con su esposa Graciela.-

   El casamiento no se hizo esperar, con la condición que el sacerdote que los casara fuera el padre Pedro. En una ceremonia sencilla pero muy emotiva, con la presencia de todos sus amigos del pueblo, e incluso su padre, se lleva a cabo en una capilla de la capital. El padre Pedro finaliza la ceremonia con una enriquecedora reflexión, haciendo llenar los ojos de lágrimas a todos los presentes.

   El Padre Pedro dijo: “Cuando nacemos, Dios nos tiene asignado el camino por donde debemos transitar, poniéndonos a prueba de la fe que le tenemos. En el caso particular de Tino, fue un niño que jamás bajó los brazos frente a los difíciles momentos que debió vivir. La pobreza, el hambre, la falta de amor en sus primeros años de vida, marcaron a fuego su valentía y su férrea personalidad. El no lo sabía, pero Jesús siempre estuvo con él, guiándolo paso a paso, sin dejarlo caer en el pecado. Hoy junto a quienes lo queremos, juró amor para toda la vida, a su esposa  Graciela, demostrando con su humildad de grande, que las cosas importantes de nuestra vida, debemos compartirla. Que Dios los bendiga a todos”.

   Finalizada la ceremonia, un brindis entre amigos, selló la amistad que los unía. Un nuevo desafío comienza a partir de hoy para Tino, la familia.

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