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Detrás del sucio cristal estaba una mujer, de baja estatura, morena y demacrada; como si tuviera días de no dormir. Estaba viéndolo, con los ojos como los de una iguana acechada por depredadores. No sonrió, se limitó a seguir a José Carlos con la mirada. La mujer tenía el pelo de dos colores: las raíces blancas y lo demás de un castaño claro. Vestía pantalones azulmarinos y una blusa que, seguramente, en otro tiempo había sido blanca; encima de todo esto un delantal rojo con pequeñas motas blancas.

La mujer sacó unas llaves de su delantal ya abrió la puerta.

- ¿Se le ofrecía algo, joven?

José Carlos no pudo evitar ver las bolsas de piel que se le formaban debajo de los ojos; la mujer parecía uno de esos cadáveres sacados de una película barata de terror. Apartó su mirada de ese rostro demacrado y finalmente contestó.

- Sí. Venía a ver el departamento que están rentando.

La señora lo miró de pies a cabeza, como esperando encontrarle una arma de fuego o punzo-cortante. Preguntó si era el departamento 101 por el que José Carlos preguntaba. Este asintió ya sin prestarle mucha atención a la mujer, buscaba la ubicación del que, seguramente, sería su nuevo refugio de soltero.

La mirada de iguana de aquella mujer notó que los ojos de José Carlos peleaban por discernir entre la penumbra del edificio los números de cada departamento.

- El ciento uno está en el cuarto piso - dijo algo molesta la mujer.

José Carlos pensó que no había escuchado bien. Después de todo lo que creyó escuchar era realmente raro - por no decir ridículo- . Miró a la mujer como esperando ver que esta sonriera incapaz de seguir con esa broma que le estaba gastando.

- ¿Cómo dijo?

- Que el ciento uno está en cuarto piso. En este edificio la numeración está al revés.

La mujer se hizo a un lado y fue como si las sombras se movieran junto con ella. José Carlos pudo ver entonces los números.

Y era verdad. Estando en el primer piso los tres departamentos estaban numerados como el 401, 402, y 403. El 403 estaba al fondo, a espaldas de la mujer, le seguían en forma descendente el 402, enfrente, y el 401 aun lado, junto a la caja de medidores de luz.

- ¿Quiere verlo? - preguntó la mujer con un tono de voz neutro.

José Carlos veía la numeración de los departamentos de la planta baja y se preguntó de quién habría sido la idea de que estuvieran así.

La mujer insistió.

José Carlos salió de su estado de asombro y asintió.

Las escaleras estaban justo a mano derecha de la entrada. Una vieja manía infantil de José Carlos hizo que contara cada uno de los escalones mientras la mujer le decía algo que él no alcanzaba a entender. Cuarenta y cuatro escalones. Y eran agotadores. Finalmente llegaron a al cuarto piso, donde estaban del departamento del ciento uno al ciento uno al ciento cuatro. A diferencia del primer piso, ahí había un departamento mas; las puertas estaban una frente a la otra.

La mujer sacó un juego de llaves de su delantal y abrió las tres cerraduras de la vieja puerta de madera sintética que solamente lucía una chapa dorada, unos adornos metálicos del mismo color y la mirilla al centro en la parte superior, muy arriba. La puerta se abrió lentamente. José Carlos estaba ansioso por verlo.

Era grande. Con un espacio amplio al fondo para la sala y un pequeño comedor. La cocina era apenas un mero pasillo minimizado aún más por la estufa y la vieja barra de madera que parecía estar esperando que alguien estornudara para caerse hecha polilla; pero nada importaba. La alfombra de un verde opaco que guardaba varias manchas; algunas parecían de años, otras, en cambio, parecían tener apenas dos días. Algunas de esas manchas eran negras, como de aceite, otras grises y otras rojas.

La mujer entró caminado perezosamente. José Carlos se quedó unos instantes en la entrada; estaba planeando como acomodaría todo: sillones, televisión, todo. Incluso visualizó ese departamento con todos sus amigos bailando y bebiendo.

- ¿Quiere verlo por dentro o no? - preguntó secamente la mujer.

José Carlos salió de su fiesta imaginaria privada. La mujer estaba al fondo del departamento, donde se extendía un pequeño corredor que finalizaba en una pequeña puerta; a mano derecha estaban otras dos puertas más. La pequeña figura de esa mujer parecía fundirse con la penumbra de esa casa; o mas bien, como si la penumbra la recibiera gustosamente.

José Carlos asintió y dio dos pasos hacia adentro.

- Cierre, por favor la puerta - dijo la mujer mientras buscaba en su manojo de llaves la que debería ser la de la primera puerta. Desconcertado José Carlos recorrió sus propios pasos, tocó la puerta y comenzó a cerrarla.

Era raro.

Cuando estaban afuera del departamento, mientras la mujer buscaba, como ahora, las llaves, a José Carlos le había parecido que la mirilla estaba muy arriba, ahora estaba justo a la altura de sus ojos. Y lo más raro era que justo por donde estaba el ojillo para mirar hacia fuera, había una cruz hecha de madera muy delgada y con un listón azul amarrado al centro de esta.

Esto será lo primero que cambie, pensó José Carlos, qué ideas de ponerlo ahí.

Veía a la cruz mientras se seguía preguntando qué mente supersticiosa o fanática había puesto esa cruz ahí. No es que tuviera nada contra los signos religiosos. El era católico por protocolo, no le importaba mucho el hecho que hubiese cruces o imágenes en el departamento, pero definitivamente ese no era el lugar para una cruz. Se sintió con deseos de quitarla cruz en ese mismo instante, al fin y al cabo ese casi era ya su departamento. Levantó la mano, tomó la cruz de la parte superior y comenzó a jalarla . Estaba decidido a arrancarla; qué mas daba. La pondría en su cabecera o en algún rincón, donde fuera menos ahí.

La mujer le llamó: "¡Joven quiere ver el departamento o no!". Había gritado. José Carlos pareció despertar bruscamente de una pesadilla a mitad de la noche. Su respiración estaba agitada y había comenzado a sudar ligeramente.

- ¿ Perdón, que dice? - dijo ofuscado.

La mujer señaló la recamara y le preguntó si no quería verla. José Carlos asintió y fue hacia la mujer. Dejaría la cruz para después.

 

 

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