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CASA DE LA FAMILIA DEL PINO
PASEO DE LA REFORMA No. 675
COL. LOMAS DE CHAPULTEPEC
10 DE JULIO DE 2000


Otra vez desperté a la misma hora, entré a bañarme y salí vestido, dieron las seis de la mañana. Había olvidado por completo la velita que había puesto. Se consumió de una manera hermosa, no quedó nada, más que el pabilo. Entré a la cocina. Los rayos del sol entraron nuevamente para saludarnos. Mi madre estaba adormilada, pero cocinaba algo rico para desayunar. Sobre la mesa estaba servido el jugo de naranja, en el centro había una canastita con varias piezas de pan de dulce. Me sentí extraño, comencé a amar a mi familia como nunca lo había hecho antes. Me sentía raro. Regresé a mi recámara para bajar mi mochila y alistarme, jalé un cajón para tomar mi cartera de piel de elefante y vi la tarjeta que Fernando me había comprado, en la que solo estaban escritas las palabras, Te quiero mi chiquito, el día que su mamá lo pescó. Por un instante me sentí orgulloso pues esas palabras solo eran para mí. Pero acepté con dolor que todo ello ya había muerto. Me di la vuelta para evitar acordarme de él pero sin querer estaba de pie frente a los marcos de las fotografías que están en el módulo, en mi recámara, y que estaban vacíos. Los marcos sin imágenes adornaban el mueble. No me quedó más que subir el cierre del cuello de mi sudadera negra con cuello ruso y mirar aquellos espacios vacíos que me trajeron recuerdos gratos y dolorosos.

 

Es cierto, es difícil olvidar a tu primer amor. ¡En todos los casos! Entonces pensé, soy un ser humano, como todos nosotros, que tiene derecho a equivocarse y luchar por lo que quiere. Más si es por amor. Hay veces que nuestro alrededor no comprende estos sentimientos, nos piden que nos valoremos y que olvidemos todo, en cualquiera de los casos.

 

¡Es cierto que nos valoramos pero hay momentos en la vida en que no es que no nos valoremos sino que nuestros sentimientos toman las riendas y caemos en ese fatídico estado llamado: Amor!!

 

Una vez que bajé mi mochilla regresé al comedor. Mi papá bajó las escaleras y nos saludó, se sentó y acomodó a mi hermano en su silla, regresó hacia a mí y me besó en la frente. Con ternura observé a mi madre servirnos. Ella volteó y me miró. Yo, me dediqué a desayunar. A observar a mi familia desayunar ricamente. Era extraño, hacía tiempo que no vivía esta experiencia pues siempre estuve a la defensiva, en contra de todos, de mis amigos, sociedad, elite y mi familia. Yo era, bueno, creo que sigo siendo elitista, supongo que ahora es menos.. Miré detenidamente a mis padres y hermano, me vi disfrutando a mi familia, a ellos, lo más importante de todo, a fin de cuentas.

 

Rodrigo del Pino Saadad

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