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"Nosotros solitos, tal vez con ayuda de quienes nos rodean, nos obligamos a llevar a nuestras espaldas tan pesada carga. Quizás a eso se refiere aquél consejo que dice: 'Dejad que cada quien cargue con su propia cruz'. Sólo cuando encerramos para siempre ese demonio de nuestra propia creación, la vanidosa honrilla, y encargamos de su vigilancia a nuestro corazón en vez de la razón, es que nos hacemos realmente libres, seres plenos y felices. Así creo que se encuentra el que Jesús de Nazaret llamó el Reino de Dios".

No sabía de dónde me había salido tanto verbo. Me encontraba asombrado ante el discurso que acababa de pronunciar. A lo mejor, el haber visto tan cercana a la muerte, cuando temí perder la vida a manos del Hombre Caballo la noche anterior, me abrió los ojos... ¿o el corazón?

Julián, colocando su mano sobre mi hombro, citó un texto del Evangelio de Lucas:

"Tengan la ropa puesta y mantengan encendidas sus lámparas. Estén como hombres que esperan que su patrón regrese de un casamiento para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. Felices los sirvientes a los cuales el patrón encuentre despiertos a su llegada. Yo les digo que él mismo los atenderá, los hará sentarse a su mesa y los servirá uno por uno. Felices si los encuentra así aunque venga a la medianoche o a la madrugada.

"Entiendan bien esto: si el dueño de casa supiera a qué hora va a venir un ladrón, estaría preparado para no permitirle entrar en su casa. Ustedes también estén preparados, porque en el momento menos pensado vendrá el Hijo del Hombre..."

***

-Anoche soñé que estábamos cerca del "Libro de la Vida" -dijo Julián, mientras fijaba su saco al anca del caballo.

-¿Estará aquí en el Ducado de Pomerelia? -se me ocurrió.

-No, ni tampoco en el territorio de la Orden Teutónica. Por lo que soñé, está junto a un río, en la torre de un castillo. Pero no se exactamente dónde. Sólo recuerdo un escudo de armas, como el de un noble. Si lo veo lo reconoceré.

***

Luego de muchos días de camino entramos en el territorio de la temible Orden Teutónica, al este del Ducado de Pomerelia y al norte de las llanuras de Polonia. Tierras con halo de misterio.

No fue difícil encontrar al jefe de estos caballeros germanos, gracias al sello papal que portaba Julián. Este guerrero cristiano leyó la carta del Sumo Pontífice dirigida a él, y pese a no poner muy buena cara, acató la solicitud papal: nos entregó la otra mitad de la Espada Esmeralda.

Julián juntó ambas mitades, las que encajaron a la perfección, conformando una magnífica espada verde que resplandecía como si tuviera luz propia, cosa que admiró a los teutones. Pensé que se irían a arrepentir de ceder su mitad, pero el Papa era su máximo jefe, a quien habían jurado obediencia y lealtad.

Después de una espléndida cena en nuestro honor y una noche de agradable sueño al calor de una gran chimenea, partimos el monje, el lobo, el halcón y este servidor rumbo a Viena, el sitio en donde debíamos culminar nuestra misión: el Ducado de Austria.

***

El sol siempre se debía ver nacer a nuestra izquierda y ponerse a nuestra derecha. Bueno, cuando aquellos días finales del crudo invierno nos permitía disfrutar del sol. Conservando este principio sabíamos que íbamos rumbo al sur.

El camino era largo. Lo recorrimos durante varias semanas a caballo, hasta llegar a Viena. Trayecto en el que no se nos presentó ningún incidente que amerite detallarse.

Evitábamos las tropas del Emperador gracias al don de Julián de comunicarse con los animales. Así pues, a veces era un cuervo, a veces una avecilla, a veces un lobo o a veces el perro viejo de una granja era quien nos advertía de la cercanía del enemigo. No cuento a los jabalíes o a los ciervos, porque éstos fueron con frecuencia nuestra cena. ¡Qué le vamos a hacer, es la ley de la supervivencia!

Como decía Julián cuando descubríamos alguno distraído: "He ahí el pan que el Padre nos ha enviado". Apenas terminaba de decirlo cuando una flecha salía disparada de mi arco o volaba mi jabalina directo a la presa.

Cuando lo estaba rematando, él se acercaba al animal y le susurraba: "Gracias hermano jabalí (o ciervo) por alimentar hoy a nuestro cuerpo; esta era tu última misión".

En cierta ocasión, le pregunté si acaso nuestro amigo lobo daba también las gracias a sus presas cuando cazaba. A lo que me respondió:

-¿Quién crees que me enseñó esta oración?

 

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