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Oscureció. Encendimos una hoguera. El hombre despertó y cuando le narramos lo sucedido él nos contó que era recaudador de diezmos del Papa y que fue asaltado por los bandidos, quienes no sintiéndose satisfechos con el botín comenzaron a golpearlo...

Nos invitó a su casa en Roma, con lobo y halcón.

De camino a la ciudad pontificia, murmuré a los oídos de Julián:

-Así que hablas con los animales, manejas la espada como un diestro caballero y sanas a los moribundos con pociones mágicas. ¿Qué más cosas sabes hacer? ¿Por qué presiento que antes de tu vida monástica hay una muy interesante historia?

Me miró de soslayo y se limitó a sonreír. Al rato murmuró:

-El pasado se debe quedar en el pasado, sólo hay que vivir el presente.

A partir de aquél día, el lobo no se separaría nunca más de mi lado. Mientras el halcón se posesionó del hombro izquierdo de Julián.

Desde una cima en el camino divisamos la Ciudad Eterna.

-¡Qué bella se ve! –susurré.

-Lo que se muestra bello por fuera puede ser feo por dentro –replicó el recaudador de diezmos, quien iba al anca de mi corcel.

-Cierto es –aprobó Julián-. Ahora, a buscar el “Libro de la Vida” –dijo esto último en dialecto maltés para que nuestro futuro anfitrión, con quien hablábamos en latín, no entendiera.

-¿Lo encontrarás en Roma? –pregunté.

-No lo sé. Allá lo sabré.

***

-¿Pedir ayuda a las criaturas del bosque? ¡Un lobo por estos rumbos! Tenía entendido que se encontraban mucho más al norte –reflexionaba aún en lo sucedido.

-Mira –me dijo el monje señalando al cuadrúpedo-. ¿Qué animal parece ser?

-Pues un lobo.

-Entonces es un lobo. Tiene pelambre de lobo, colmillos de lobo, cola de lobo, huele a lobo. ¡Es un lobo! ¿Acaso no te basta con ver para creer? Cómo es de difícil para la mayoría de los hombres tener fe, cuando ni siquiera creen en lo que ven.

***

-¡Romanos, por qué se preocupan tanto por pedir bienes y favores a Dios! –Hablaba así Julián de Malturgia un sábado a la gente congregada en una de las iglesias de Roma-. Piden y piden, más y más cosas. Nunca satisfacen ese apetito voraz por poseer, por recibir, como si fueran merecedores del mundo entero. Confórmense y den gracias al Padre por lo que han recibido, porque sólo eso han merecido.

“Confíen en el Padre, no pidan nada a Él. Tengan fe en que le dará siempre lo mejor a cada uno de ustedes, pues lo que es bueno para uno tal vez no sea bueno para el otro. Cada quien recibirá lo que necesita, para su aprendizaje, para su evolución.

“Recuerden que Jesús decía que no nos preocupáramos por poseer bienes y dinero en este mundo, donde la polilla y los ladrones darían cuenta de ellos. También decía que el Espíritu es quien da la vida, la carne no sirve de nada...”

-Sí, pero también dijo: “Quien pida al Padre en mi nombre El se lo concederá” –interrumpió un anciano monje benedictino.

-El es un padre. Mejor todavía, el Padre Divino, por eso está siempre dispuesto a obsequiar a sus hijos lo que desean. Pese a que con frecuencia eso que deseamos, El sabe, no nos conviene, y así, El nos lo concede. Por eso Jesús cuando enseñó el Padre Nuestro, en la cuarta frase lo mencionó: “...y hágase tu Voluntad aquí en la tierra como en el cielo...”

“Es que debemos –continuó- preferir aceptar la Voluntad Divina que pedir para nosotros lo que creemos es lo mejor. ¿O acaso pensamos que el Dios Padre nos ha olvidado? ¿Puede alguno de ustedes olvidar a uno de sus hijos, o si sabe que uno de los suyos está necesitado no tratará de ayudarlo? ¿Entonces, por qué no confiar en El que es Todo Poderoso?

-¿Insinúas entonces, que nunca debemos pedir nada a Dios? –preguntó una mujer.

Julián respondió así:

-Un pobre artesano y su esposa tenían una hija, una niña a quien amaban mucho. La niña cierta vez vio una muñeca grande que tenía una amiguita, pidió le compraran otra igual. Pero su padre le dijo que no, ya que era muy costosa. Sin embargo la niña insistía día tras día que le regalara la muñeca. Lloró y rogó tanto que su padre se conmovió, fue al mercado y se la compró. La niña estaba feliz con su muñeca hasta que escuchó a su padre decirle a la madre: “Me pidió tanto la muñeca, que decidí comprarla con el dinero que estaba ahorrando para obsequiarle un caballo en la Navidad. Ya sabes cómo ella siempre había soñado con tener un caballo, pero ahora no se lo podré comprar”.

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