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XIV

Han transcurrido días, semanas, meses, escuchando las enseñanzas y vivencias de aquel sabio anciano nacido en Judea. He vuelto a ser niño, de nuevo estudio en la academia, pero esta vez lo hago no por deber sino por gusto y placer. ¿Mis compañeros? Quiénes más sino Sulamita y el obstinado Ahmés.

Vivo feliz, entre el apasionado amor que nos prodigamos Sulamita y yo, y ante el conocimiento que Abreu nos transmite. ¿Algo vale más para el hombre que un corazón colmado y una razón satisfecha?

Buena parte de la Luz que he visto, que me permitió ver Abreu, he tratado de mostrarla a lo largo de esta carta, pese a la premura del tiempo. Cada día que paso escribiéndola aumentan los riesgos para nosotros, pero siento que es mi deber, que es parte de mi misión en esta vida. Es la fuerza de mi espíritu la que guía mi mano.

Muchas otras cosas que me ha revelado Abreu no podré escribirlas, ni siquiera hablarlas, pues aún los hombres no están preparados para conocerlas. Ya vendrá el día en que se podrán conocer, a otros se les encargará esa sagrada misión. "Cada cosa a su tiempo," suele repetirnos.

Sobre el Último Misterio, lo que hay después de la muerte, no es mucho lo que puedo agregar a lo que ya he escrito sobre las enseñanzas de Pablo al respecto. Porque no hay más, así de sencillo. Es que es una verdad simple: Sí hay vida después de la muerte. Se trata de una vida no corpórea, diferente a la materia de este mundo, es más, en otro mundo, uno más grande y maravilloso donde no existen las necesidades materiales porque no hay cuerpo que atender o satisfacer. Una vida donde todo se nos revela.

Puedo decir también que la muerte es algo así como cuando en una carrera un carro se estropea o pierde sus caballos, ya no sirve, entonces su conductor debe apearse abandonando la carrera. La vida aquí es la carrera, el carro es el cuerpo del hombre y los caballos son su energía vital, mientras el conductor es el espíritu o el alma. Siendo precisamente este espíritu el que abandona el cuerpo cuando ya no le sirve o cuando ha perdido su energía vital. Así como el conductor va a alguna parte, el espíritu también se dirige a otro sitio, al más allá, al Reino de los Cielos, donde al igual que el conductor evalúa su desempeño en la carrera el espíritu evaluará su paso por esta vida.

En cuanto a la cuestión de si es posible que en la Vida Eterna se den interrupciones para volver al mundo, la reencarnación, sólo puedo decir que en ninguna parte está escrito o se dijo que el espíritu nada más encarne una vez o que encarne siete veces. Cada espíritu creado por Dios evoluciona de manera diferente como crecen y maduran los diferentes frutos de un mismo árbol. Tal vez a algunos se les encomiende más misiones que a otros, debiendo venir más de una vez, o tal vez sea porque necesiten aprender más que otros. Pero eso no debe importar, basta con lo que nos trae esta vida para preocuparnos con otras vidas mundanas que es probable nunca se den o no se hayan dado. ¿De qué le sirve a un hombre saber si existen otras vidas aquí en la Tierra? Que se preocupe más bien por ser cada día mejor en esta vida, de la única que tiene certeza hasta su muerte, para merecer la Vida Eterna, sin interrupciones, en el Reino de los Cielos. Para cuando haga el balance le sea favorable. "No se preocupen por atesorar bienes en este mundo donde los ladrones y la polilla darán cuenta de ellos, preocúpense más bien por acumular riqueza en el Reino de los Cielos," predicaba el Galileo.

El Último Misterio está revelado, Jesús de Nazaret lo reveló, y fue más lejos al morir en la Cruz, demostrándonos que no se debía temer a la muerte ni verla como el final de todo, porque nada más es el nacimiento a la Verdadera Vida, la Vida Eterna en el Reino del Padre, en los Cielos. Por eso dijo: "Mi reino no es de este mundo." Por eso también le dijo a sus discípulos: "La casa de mi Padre es como una mansión con muchas habitaciones, no se preocupen, que allí vivirán." Así como le prometió al hombre arrepentido que crucificaron junto a Él: "No te preocupes, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso." La Otra Vida es un paraíso, ¿cómo no serlo donde no se tiene cuerpo que alimentar ni que abrigar ni que cuidar?

Fue entonces necesario que el Galileo muriera crucificado. Así demostró con este hecho lo que tanto predicó. Para que le creyeran. Sin embargo, la mayoría duda o no cree. "El que tenga ojos para ver que vea..."

No hay misterios, la Vida carece de tales. Somos los hombres quienes por nuestra incredulidad, vemos misterios, o mejor, no vemos la claridad. Es ésta la Verdad. Creer sin dudar, en esto consiste la fe.

Durante nuestra estadía en el poblado parto se nos ha tratado con hospitalidad, aunque nos cuidamos de no sociabilizar demasiado ni trabar amistad con personas diferentes a Abreu y sus no pocos discípulos, temíamos ser descubiertos. Ser cristiano es ya un peligro, ser romano es una cruel muerte segura.

Recién me he enterado que todo el pueblo sabe bien quién es Abreu. Quien no sólo es respetado, sino hasta protegido por estos humildes pobladores y montañeses, pues, así como su maestro Natanael, posee el don del Espíritu: profetiza, sana cuerpos y expulsa demonios. Por lo que hay entre ellos más cristianos, en secreto claro, de lo que pensaba.

 

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