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VIII

El asaltante herido, en efecto, no había huido muy lejos. Encontraron su cuerpo desangrado en un miserable callejón. Lo reconocieron unos marineros que dos noches atrás lo habían visto conversando en una de las tabernas del puerto con un hombre al parecer extranjero, de buen vestir y acento latino. Pero Ahmés había indagado más, gracias a su amistad con el tabernero, descubrió que el forastero se hospedaba muy cerca de allí. Fue a la pensión y lo encontró justo saliendo con equipaje. Lo siguió hasta verlo embarcar en una nave que partía rumbo a Ancona. El tabernero también le aseguró a Ahmés que vio cuando el extranjero, aquella noche, le entregó la bolsita con monedas a mi atacante, la que reconoció apenas mi leal esclavo se la enseñó.

El astuto Ahmés, sin perder tiempo, corrió en busca de una conocida damisela a quien contrató a cambio de una pulsera de oro, comprada muy seguramente con lo que me robaba de cuando en cuando, pequeños robos de los que sospechaba pero toleraba sin reclamos ya que me parecían una justa retribución por sus eficientes servicios. La mujer haciéndose pasar por una viajera de último momento se embarcó en la nave y, antes de que se hiciera a la mar horas más tarde, embriagó y sedujo al extranjero logrando sonsacarle gran información.

Se trataba de un romano que presumía de ser el hombre de confianza, la mano derecha, de un patricio romano muy prestigioso, aunque se negó a mencionar nombre alguno, y que había llegado a Nicomedia hacía una semana en cumplimiento de una misión secreta muy peligrosa... Fue lo más importante que pudo hacerle confesar la mujer, la que logró desembarcar a tiempo antes de la partida de la nave, sin que el dormido ingenuo romano lo advirtiera. El que al despertar descubriría la ausencia de su amada y de su bolsa, no sospechando la verdad.

Por tan excelente trabajo recompensé a Ahmés y le dije que le perdonaba los robos de antaño, que evidenció cuando narró en detalle la contratación de la damisela. Su vanidad, al querer impresionarme con su astucia, lo traicionó a través de la lengua, como les sucede a muchos hombres. El hombre se envanece con su inteligencia y la mujer con su belleza.

Ya no cabía duda, alguien en Roma me quería muerto. La cuestión era: ¿quien y por qué?

 

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