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XVII

La despedida de Abreu fue corta pero emotiva. Sabíamos que no lo volveríamos a ver. Hasta Ahmés lloró. Lo abrazamos, nos bendijo, montamos nuestros caballos y partimos con la escolta de treinta legionarios rumbo a Antioquía. No sin antes advertir a Fabricio "el gato" que si algo le llegaba a suceder a este santo anciano o a cualquier otro de los moradores del poblado, utilizaría toda mi influencia ante el César en su contra. A lo que me juró por su honor que a nadie de allí le pasaría nada por cuenta de su legión.

El poder debe ser siempre utilizado para defender a los débiles y las causas justas. Es esto lo que enaltece al poderoso, de lo contrario nada lo diferencia de un bandido.

No llevábamos ni tres días de viaje, cuando atravesando un estrecho valle del Tigris, sentí una opresión en mi estómago. La que no sentía desde cuando estuve en campaña en la Dacia. Sabía que era una especie de advertencia interior, un llamado de mi instinto de conservación, que me alertaba de un peligro inminente. Me preocupé, no dejaba de pensar en lo que pudiera sucederle a Sulamita. Ella lo advirtió y quiso saber qué me pasaba, le mentí, no quería que se preocupara también.

En efecto, el peligro apareció.

 

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