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XVI

Fue el día en que el "nuevo Ahmés", como él mismo se llamaba, decidió bautizarse. Este viejo egipcio vio derrumbar todas sus antiguas creencias y renacer en él su fe cristiana. Las suaves palabras de Abreu poco a poco fueron resquebrajando las bases de su templo politeísta, pero el golpe de gracia lo recibió cuando el santo anciano puso su mano sobre su rodilla sanándola. No volvió a cojear.

También he de confesar que Abreu por medio del Espíritu que había en sus palabras abrió mi corazón. Me casé con Sulamita, la tomé como mi legítima esposa en una sencilla boda presidida por aquel santo hombre.

El espacio que separa a los hombres de Dios se llena con el amor, nada más este maravilloso sentimiento, esta fuerza invisible, lo puede llenar. Feliz quien lo posee. ¿De qué sirve el dinero si no se tiene el amor? ¿De qué sirve la paz si se carece de amor? ¿De qué sirve la libertad si no tenemos a quien amar y quien nos ame?

Amo a Sulamita con una fuerza que traspasa los linderos de mi piel. He recibido la bendición de Dios al darme esta especial y bella mujer por compañera, un regalo Divino que como tal debo cuidarlo y protegerlo.

En la noche de aquel día del bautizo de Ahmés, llegaron al poblado un grupo de legionarios comandados por un déspota capitán a quien pronto reconocí. Había servido bajo mi mando como centurión durante la segunda campaña por la Dacia.

Aproximadamente un centenar de soldados penetraron violentamente casa por casa, no discriminando niños ni ancianos ni mujeres, parecían ver en todos a guerreros partos rebeldes. La guerra obnubila a los hombres y endurece sus corazones si permanecen en ella demasiado tiempo. Todos estos horrores sucedían ante los ojos permisivos de ese mal comandante.

La casa que nos servía de posada estaba al otro extremo del pueblo. Los desgarradores gritos nos despertaron. Ahmés irrumpió en nuestra habitación gritando: "¡Pronto amo, huyamos! ¡Toma tu espada y a tu mujer mientras haya tiempo!"

"¿Qué pasa?" Pregunté asustado.

"¡Soldados romanos poseídos por el demonio... Nos atacan... Saquean, violan...!" Respondió con agitación mientras me pasaba mi túnica. "¡Vístete, te lo ruego!"

El temor me sobrecogió cuando pensé en lo que podría sucederle a Sulamita. Su belleza sería su sentencia.

"Amor mio, vámonos. Tengo miedo." Exclamó ella aferrándose a mi brazo izquierdo.

Me despabilé. Salté de la cama, me vestí, tomé la espada y la bolsa con dinero. Sulamita hizo lo propio. Nos disponíamos a salir de la posada cuando dos legionarios de aspecto descuidado y mirada enardecida abrieron de un golpe la puerta. Era demasiado tarde.

Ambos descubrieron a Sulamita tras de mí, cruzaron sus miradas y sonrieron mostrando sus animales intenciones. No tenía más opción, sólo revelando mi identidad protegería a mi mujer y tal vez a los demás.

"¡Deteneos soldados romanos, o la ira del César caerá sobre ustedes y sus familias!" Dije con voz firme levantando mi espada.

Ante el asombro por mis palabras en perfecto latín vacilaron.

"¿Cómo es que un maldito parto conoce tan bien la lengua de Roma?" Inquirió el más veterano, que por su acento me pareció sirio.

"Soy ciudadano romano al servicio del César." Decidí guardar mi nombre hasta el último momento, esperando no fuera necesario.

"¿Ciudadano romano?" Se burló el más joven. "¿Qué haría un ciudadano romano entre la escoria parta? Además, un ciudadano afeita su barba."

"¡Y mira!" Señaló el otro mi espada. "Es parta."

"Escuchen bien esto, estúpidos: si ustedes supieran a quién le hablan ya se estarían orinando sobre sus botas. Mi amo, es sangre de la sangre de Trajano y..." Intervino Ahmés. Pero los dos soldados estallaron en carcajadas no permitiéndole terminar la frase. Y con razón, ¿quién podría creer aquello al observarme en aquel humilde sitio?

Me sentí sin salida. Oré al Padre implorando su ayuda y protección, si no para mí al menos para Sulamita. Recordé las palabras de Abreu: "Todos tenemos un ángel protector, un Espíritu que nos acompaña, que nos envía Dios al momento de nacer y quien está siempre a nuestro lado hasta la muerte. Invócalo con el corazón y te ayudará."

De mi corazón salió mi invocación: "Ángel de mi guarda, Espíritu que me acompañas, protégenos, dame tu poder."

Los hombres se abalanzaron espadas en mano contra nosotros. Mi acero chocó contra el del más joven deteniendo su mortal trayectoria. Sentí que algo pasó veloz por el aire cerca a mi hombro. El legionario más viejo se desplomó en el acto, con una daga egipcia clavada en su garganta. Mi rival al verse solo vaciló, grave error que le costó su vida por cuenta de mi espada parta.

"Sólo matar en defensa propia o de los demás puede un cristiano." Respondió Abreu ante la duda que formulé en alguna ocasión.

Nos disponíamos a reemprender la huida, aunque todavía no tenía claro para dónde ni cómo, pero de nuevo no hubo tiempo. Al salir nos encontramos rodeados por una docena de legionarios y otros más que corrían a toda prisa hacia nosotros.

"¡Alto, soldados de Roma!" Grité.

Escuchar hablar en latín en esas montañas era definitivamente sorprendente para ellos. Se detuvieron.

"Como ciudadano romano solicito hablar con su jefe." Dije.

Después de un breve silencio un cabo se identificó.

"¿Acaso eres el jefe máximo de esta centuria, o es que entendí mal y no eres cabo sino centurión*?" Exclamé con aire autoritario.

No pudo evitar mostrarse sorprendido el cabo ante mis conocimientos sobre la milicia romana. Dio orden a un soldado, quien de inmediato desapareció en la oscuridad. Luego de un tenso corto tiempo, éste regresó acompañado no del centurión que esperaba sino del capitán y más soldados.

Se acercó, nos circunvaló con aire desafiante, se detuvo frente a mí y casi gritando me dijo: "¿Qué hace un romano aquí, si realmente lo eres, cochino mercader?"

No me reconoció.

Lo miré directo a sus ojos y calmadamente respondí: "Así que a Fabricio 'el gato' lo han ascendido a capitán." El hombre quedó pasmado al escuchar su nombre y apodo, los que por fortuna había recordado.

"¿Cómo sabe él quién soy?" Gritó dirigiéndose a su tropa. Nadie se movió. Aún no me reconocía. Luego hacia mí: "¿Eres acaso brujo o algo así?"

"Guarda tu espada, no sea que caigas en desgracia ante el Dácico por herir a su sobrino" Aconsejé sonriendo, pero sin apartar mi decidida mirada de sus ojos. Vi una variedad de colores en su rostro, del amarillo pálido al rojo encendido.

"¿Ca... Ca... Capitán Trajano?" Balbuceó en medio de un mar de dudas.

"Creí que no reconocerías a tu antiguo comandante." Afirmé con el rostro serio.

Su espada se deslizó de entre sus dedos cayendo a sus pies.

"Tampoco deseo que te lastimes con tu espada, Fabricio." Agregué con tono irónico. Respiré tranquilo. Dios estaba de nuestro lado, y mi ángel obró salvadoramente.

"Señor..." Interrumpió un soldado, indicándole a Fabricio con un leve movimiento de su cabeza que debía mirar dentro de la posada.

"Así como adiestras a tus hombres en el combate deberías enseñarles a discernir. Aunque esos dos no hicieron bien ni lo uno ni lo otro." Me anticipé señalando con mis ojos hacia la casa.

Fabricio "el gato" se apresuró a entrar a la posada. Al regresar me espetó: "¿Usted solo los..." Todavía me mostraba respeto, buena señal.

"¿Los maté?" Sí, eran pésimos con sus armas." Terminé su pregunta. No quise inmiscuir a Ahmés, pues el castigo para un esclavo que mate a un soldado romano, cualquiera que sea la circunstancia es la pena máxima. En cambio mi ciudadanía sumada a mi linaje me protegía. Nadie dudaría de mi palabra al alegar que fue en legítima defensa, además Sulamita y Ahmés me servirían de testigos. Cosa que el sagaz egipcio captó en el apto diciendo:

"Así fue honorable capitán, mi valeroso señor, les advirtió de su ciudadanía romana no una sino dos veces, pero los dos hicieron caso omiso de su advertencia. Hasta yo les aconsejé, muy amablemente, que escucharan a mi amo, que en mejor latín no pudo decirlo..."

"Está bien, calla ya." Ordenó Fabricio, dándose por satisfecho, o al menos eso aparentó. Supongo que pensando más en su conveniencia personal que en la ley decidió poner fin al asunto: "No se hará ninguna acusación en tu contra que te lleve al tribunal. En mi informe declararé que obraste en legítima defensa." Por primera vez se atrevió a tutearme. Sonriendo me tomó de los hombros como a un viejo amigo y empezamos a caminar hacia el poblado. No tardó en insinuar el favor que ahora le debía y lo mucho que apreciaría un buen comentario a mi tío sobre sus éxitos entre los partos.

En más de una ocasión tuve que morderme la lengua para no soltar mi ira por el salvaje ataque cometido contra aquello inocentes montañeses partos. No obstante si le lancé una aguda flecha al decirle: "Veo que has perfeccionado tu método de pacificación, el que no dudo entendería pero no dejaría de extrañar el Dácico. Pero no te preocupes, estimado Fabricio, no extenderé mi buen comentario con detalles inoficiosos al gran César, como tu no alargaste la también inoficiosa investigación sobre los dos tontos que no supieron distinguir entre un súbdito y un enemigo de Roma." Dándole así a entender que quedaríamos a mano. Estrechando sus oblicuos ojos sonrió, mostrándose conforme.

Aquella horrible noche fue larga y penosa. Me embargó una profunda tristeza al descubrir cuántos cuerpos yacían tendidos víctimas de unos bárbaros que ondeaban con deshonor la bandera de la "Pax Romana". Con actos así Roma siempre será odiada y algún día caerá. El poder no se mantiene por la fuerza sino por el respeto. No se impone, se merece. ¿Dónde está el honor militar, gloria del legionario, en la violación y asesinato de una niña inocente?

Ante la curiosidad de Fabricio sobre mi situación, opté por una verdad a medias. Le expliqué sin detalles que estaba recorriendo todas las provincias asiáticas en misión secreta, de suprema importancia para el César, por lo cual debía yo actuar con muchísima discreción guardando de revelar mi verdadera identidad. Lo que pareció impresionarle, jurándome su lealtad y la de sus hombres al César, poniéndome su legión a mi disposición. Cosa que no desaproveché.

Pedí en nombre del César suspender los ataques contra los pueblos indefensos como ése de manera inmediata y restituir lo robado sin excepción por los soldados.

"Como ya ha sido revelada mi identidad, mi vida y la de los míos corren peligro aquí, así que necesitaremos caballos y escolta hasta Antioquía." Solicité, pues los partos cobrarían venganza y ni la intermediación de Abreu nos salvaría. Que entre otras casas, la suya se salvó gracias a estar algo alejada del poblado.

"Cuando así lo desees, honorable Marco Trajano, tendrás una treintena de mis mejores legionarios a tu disposición y cuantas monturas necesites."

Cometí un fatal error de apreciación al aceptar los treinta soldados por escoltas.

(*) Centurión: Jefe de una centuria romana, compañía de cien hombres. Seis centurias conformaban una cohorte, y diez cohortes una legión.

 

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