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IV

Hicimos escala en Atenas por tres días, tiempo suficiente para conocer la cuna de la Filosofía. Me di gusto recorriendo la ciudad de Sócrates, Platón y Aristóteles, en compañía de Sulamita, quien con un apetito insaciable por aprender exprimió de mi mente cuanto conocimiento recordaba sobre los antiguos griegos. Mientras Ahmés, en las diferentes tabernas del puerto, saciaba su apetito con los manjares de la cocina griega, pasándolos con vino al que también le tenía afición, a veces en exceso.

Recuerdo que cuando abordamos de nuevo el barco, para continuar la travesía, el capitán cretense me recibió malhumorado. Se quejaba de la lidia que les dio Ahmés, unas horas antes, cuando abordó en un lamentable estado de embriaguez. Por lo que entendí, el egipcio llegó a duras penas manteniéndose de pie, habiendo un momento en el que el vaivén ocasionado por las fuertes olas le hizo perder el equilibrio no encontrando donde más sujetarse que de la delicada túnica de la amante ateniense del capitán. Una gruesa señora que salió, ante el empujón de Ahmés, proyectada por la borda cayendo al agua... ¡desnuda!

Al ebrio Ahmés sólo se le ocurrió gritar al ver la túnica que quedó en sus manos: "Oye gordita, ¿dónde compraste esta tela tan fina?"

Tuve que soportar el regaño del capitán por, según él, mi exagerada condescendencia con el esclavo al que le faltaban unos buenos latigazos que lo disciplinaran. Para calmar su enojo, que ya estaba poniendo en peligro nuestra tranquila travesía, me vi obligado a simular una gran turbación, cosa que no me fue fácil ante el contagioso ataque de risa que no podía contener Sulamita.

Con el furioso capitán a mis espaldas, exigí una explicación al tambaleante Ahmés.

"¡Por Osiris! Pero si es vaca se cayó sola, yo nada más traté de sostenerla agarrándola por la túnica... ¿Pero qué túnica puede soportar tanta masa de carne?"

Ante tal explicación, y anticipándome al capitán, le propiné una bofetada a mi leal Ahmés, que lo derribó. Lo que pareció satisfacer al lobo de mar, que no dudo, se hubiera devorado al egipcio si no lo castigo con mi propia mano, al que agregué una enojada orden de seguir una dieta a pan y agua por tres días. Orden que sabía no cumpliría, ya que Ahmés era quien administraba nuestras provisiones.

 

Otro día, en que navegábamos por las tranquilas aguas próximas a las costas de Asia*, una pareja de delfines saltó frente a la proa. Parándome sobre esta canté casi gritando una antigua melodía turdetana. La que a los delfines pareció agradarles, pues de inmediato surgieron otros cuatro delfines a babor y a estribor. Estos seis magníficos ejemplares marinos nos obsequiaron la más maravillosa danza acuática que mis ojos jamás hayan visto. Hasta el capitán y los marineros estaban asombrados, algunos de los cuales llegaron a aplaudir tan magistral espectáculo de la naturaleza.

Escuché cuando el capitán acercándose a Sulamita, le dijo: "Tu amo es un hijo de Poseidón, mira como los príncipes del mar lo respetan."

No le di importancia a este hecho, excepto que sí percibí a partir de aquel día un trato más cordial por parte de la tripulación. Los hombres de mar griegos creen en muchos agüeros y mitos, considerando a los delfines los seres más sabios del mundo marino, los hijos del dios de los mares.

Pero ignoraba la rapidez y penetración de las voces comunicantes de los marineros en tierra.

 

La soleada mañana en que avistamos el puerto de Nicomedia, Sulamita exclamó: "Parece una ciudad muy antigua."

"Lo es. Bitinia formó parte del imperio persa de Ciro, hace más de trescientos años se constituyó en reino independiente, regido por una dinastía de reyes llamados Nicomedes. Su capital: Nicomedia. Al morir el último de ellos, Nicomedes IV "Filopátor"**, dejó su reino en herencia a Roma, sin que el rey del Ponto, Mitrídates, pudiera evitarlo." Repuse.

“Me gustaría tener tantos conocimientos como tu." Sonrió tomándome del brazo.

"Tal vez conozca sobre los extraños, pero conozco poco sobre los que me rodean." No pude resistir más. Desde aquel día en que Cornelio me punzó, había callado, pese al sentimiento de amo engañado que me carcomía.

La malicia femenina de Sulamita afloró: "¿Qué me quieres decir, amo? Desde que te llamó el César te he notado algo extraño, distante y hasta algo desconfiado conmigo. Soy tu fiel servidora, siempre lo he sido..." Por un instante pensé que agregaría "y siempre lo seré hasta la muerte," o más bien eso deseé. Pero tras una breve pausa continuó: "Si deseas preguntar algo que te inquieta o aclarar dudas de tu corazón, hazlo mi señor, es tu derecho." Dijo esto con cierto enojo. Vieja táctica de las mujeres: escudarse tras una supuesta ofensa ante el ataque que ven venir.

Decidí ir directo al asunto: "¿Eres cristiana?"

(*) Asia: antigua provincia romana en la costa oeste de la actual Turquía.

(**) El rey Filopátor murió en el 74 a.C.

 

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