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Me tranquilizo,  pero solo un momento, porque entonces; se alarga una sombra,  hay pasos en el pavimento; es mi nuca la que me gira; es a la realidad deformada; es atroz el carnívoro, el carnívoro al degüello. Siluetas dos irrumpen en la acera. Paralizo movimiento. Hágase tu voluntad. Así en la tierra, como en el infierno.

Después, los nervios calmados, todavía presente en el planeta tierra, me conmueve el aclarar la mirada y obtener dos peleles descoyuntados por el alcohol. Celebrando entre risas, es cómico mi rostro, y como palpan alborozados. Il faut s'amuser monsieur c'est la fete. No me toques apestado, que ya yo sigo mi camino. Suéltame por favor,  por favor suéltame el brazo

Los alegres borrachos, ante la reticencia de nuestro amigo, acaban por desistir de tan innoble mensajero, aunque antes le ofrecen un cigarro que él  rechaza escabulléndose con su viscoso reptar de culebra.

Llego a un río, ya solo tengo que seguirlo. Gritan algo desde un coche marrón; me recoge el silencio.

Calles mudas y muertas; las aguas fluyen, negras.

Me siento en un banco,  mi humilde morada a tiro de piedra; alumbro un porro que me cuartea la garganta; fumo despacio,  la soledad vibra a mi alrededor. Es así como quiero esperar a la eternidad, un porro en la mano y la polla en la otra; los días segundos; las personas imágenes. Se disuelven las juntas del organismo que me acoge, se apelmazan después los pensamientos, el fuego se extingue entre mis dedos; desaparece su luz en la negritud del tiempo. Lo proyecto y vuela, naufrago hacia el río.

Urgido por el frío, la noche, el viento, el mas allá, mi cuerpo se tambalea, triste figura al caminar. Conoce bien el camino y lo ejecuta como autómata, aunque no sea en fin, tan difícil, atinar con el coloso de hormigón; incluso yo sé que al final de la calle ondea la estructura que te esconde, ven a mí dice, en mis tripas sólo hay nombres; te obedezco porque eres sabia, que sabré yo ser deforme,  que si acaso me devoras, será en mi bien, y en el de los hombres.

Alcanzo sedado el umbral de mi fortaleza, un moro de los buenos tutela la propiedad. Duerme en sus babas, decapitado sobre el mostrador. Le doy las buenas noches pero solo para joderle. De sus sueños transportado,  turbio presente con gilipollas incluido. Bonsoir[12]. Paso de largo, él se retuerce inquieto, me mira sin desvelar malicia, respira; y  lo dejo desvelado, inclinado sobre su pupitre, deseándome quizás la muerte, mientras yo me deslizo, desnudo, hacia el ascensor.

Es entonces, y a raíz de estos pensamientos, cuando él se precipita enajenado hacia la escalera, mas con capacidad para advertir, en un pensamiento reflejo,  lo tétrico de la subida,  y se abría en ese instante la puerta del ascensor. Lo vemos ahora, frente al espejo, en su ascensión hasta el séptimo piso, tantear las llaves en su bolsillo derecho y optar al final por sacarlas, presa siempre de un pánico que nosotros no comprendemos. Intentamos no obstante comprender, de manera que al volver a situarlo él  se encuentra ya  frente a  la puerta de su habitación, lívido en el manejo de las llaves desaparece en su madriguera. Y es aquí cuando le dejamos que retome la narración: pierdo la conciencia entre los gestos habituales (creo haber cerrado la puerta del cubículo), un extraño brillo rodea la ventana, me acerco extraviado a los cristales, desaparecen a mandato de mis dedos. Acodado estoy en la ventana, exhalo jirones de humo que se desvanecen sobre la ciudad; me hundo en el pavimento; no pienso durante la caída; eso es, no pensar, tan cerca, tan lejos; la noche se cierra sobre sí misma.

El Sábado me despierta la desazón en el estómago; no es angustia sino hambre. No se filtra ni haz de luz ni el más leve de los murmullos, sólo, un atronador silencio. Me abraso los ojos con la luz cenital; las cuatro de la tarde; en los límites de lo humano. Salgo vestido de la cama y el espejo es mi enemigo; cojo las llaves, mi gorro y un puñado de monedas, cierro la ventana y salgo de la habitación. 

En la entrada fósil el moro juega al ajedrez en su tablero diminuto, Ça va[13], late una amistad en su mirada, Oui ça va[14], la primera sonrisa del día, que quiere ser palabra; mas se queda en letanía. A plus[15] me desliza, pero yo ya emboco la puerta. La empujo para descubrir que las aceras en Francia están sembradas en mierda, que el aire aquí  no es más gris que en otras partes, que tampoco lo son las pupilas, que la lluvia cae, y que  moja a todos como a iguales. Me calo mi gorro negro y camino bajo la lluvia por la acera solitaria; istmo de soledad (soñada; deficitaria) desembocando inédita en una ensalada de voces. Al otro lado de la calle, donde curva la acera, dos mujeres desarmadas velan por la integridad de sus perros; el uno, gordo y peludo, se estrangula en su furor asesino; el otro, pobre, es apenas una rata. Puedo por fin observar; invisible dibujo de lluvia, la correa marrón traslúcido, una bestia que imagino en libertad; el desencanto inmediato cuando la realidad me alcanza. Un caniche que chilla ensartado por los aires, una mujer que golpea  rendida por el pánico; las ies que gimotea bajito; la quietud que ha violentado.

Preciosa ratita !  que cruento es el mundo tras la vagina de mamá . Mechant,  lache-le mechant[16]. Mami y su súplica amortiguándose al hilo de mis pasos. Las dos y veinte en el reloj solar. No se oye nada.

No era esta mi aventura, hoy voy al supermercado. Salpican las ruedas de un coche; vibrando desde el mas allá. El agua me despierta, me da un punto de agresividad; retomo el pulso y el control; he de girar en la siguiente, en la tercera esquina, segunda bocacalle, única existente a mano derecha; avistar y decidir; pensar; ejecutar, aunque a veces, en el seno mismo del proceso, se oculta la duda existencial : que comprar.

Resuelvo el problema guiándome por los precios y compro lo que hay que comprar, sin un lujo, bueno, uno, pura química. Casi me engaña la cajera, Bon weekend monsieur[17], se lo dice a todos. Cinco minutos más tarde de vuelta en el edificio dedico un rápido espasmo a la atención de mi moro guardián; su latido es ahora opaco, Monsieur, y que esperabas. A las cuatro cuarentaiseis tengo ante mi un gran bocadillo, tiro casi todo el pan, nada que hacer hasta la cena. Todo ser es todo yo; hay también una mosca que vuela a mi alrededor.

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