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“PRIMERA PARTE”

"Madame/monsieur, votre attention s´il vous plaît ( 23:40, hay una retención, voy a perder el último tren )... a la suite d'un acte du vandalisme la ligne D será fermée pendant plusieurs minutes, merci beaucoup madame/monsieur... "[1], vuelve "is this love" en el hilo musical. En el andén jóvenes hienas árabes fuman ora costo ora tabaco. Mujer rubia, ancianos, pelo blanco, una joven abrazada a su perro. En los asientos, junto a mí, un mendigo. A la derecha trabajadores del metro.

El mendigo rubio ceniciento sale de su pasmo y exclama: C'est pas vandalisme, c'est Bob Marli. Se sienta y se levanta. Está medio borracho: "Avec soixante-deux millions de bob marlis il y aurait pas du vandalisme"[2].

En grupo los trabajadores  ríen. Se destaca uno de ellos decidido a increparle, pero iniciaba él,  previsor la retirada. Sus pies de tierra y de mendigo; o aquí, o en cualquier otra parte.

A su marcha me detengo en la autoridad (en  todas partes y en ninguna) Cimentada de uniformes grises, de verdugos de mendigos deslenguados;  para volar, sentando antes la cabeza; para reír, si estoy con ellos, legitimado.

Han acotado un pedazo de andén donde reír y charlar a voces. Las hienas atisban condescendientes. Los borran con nubes de humo.

Para ellas esta el colarse por las claraboyas en el teatro. Idealizar su marginación.

Cuando la hiena puede la hiena es autoridad, la autoridad no quiere ser hiena; el mendigo nos subyace a todos.

Hay sin embargo una solidaridad,  invisible, que hoy nos une y alzamos así las orejas al percibir un fragor cercano. Llega el tren de la redención ! , nos atropellamos en su seno. Esbozamos gestos de alivio, ya funciona el engranaje!. Con que regocijo reímos. Tan fuerte, que nos estrangulamos de risa. Madame/ monsieur veuillez vous sortir...[3]

Hacinados de nuevo en el andén. Los empleados velan la realidad con un tupido halo de misterio:.Sortez vous s'il vous plaît[4], solicitan a grito pelado. Queda al final una hiena impasible en el vagón. Sortez vous monsieur[5], dice uno de los tipos de uniforme. Hiena le mira una vez doblando la extensión de su boca, cierra después ambos puños y los coloca en tensión sobre las rodillas. El tipo se le aproxima: Monsieur ... silencio de hiena, humedad en las miradas... allez sort[6],  entonces, la arranca del asiento, la zarandea y saca a empellones del interior del vagón de tren: Petite pute[7]. Hiena le mira y sonríe satisfecha, después se agacha , recoge sus auriculares y se aleja del lugar caminando con parsimonia. Anda y ábrele la cabeza. Si te degollase, tranquilo. Aquí nadie va a mover un músculo; ni siquiera un parpadeo.

El tipo desdeña para mi pesar la perspectiva heroica que se le ofrece y, desaprobando con la cabeza, avanza unos metros por el andén para cerrar filas junto a sus compañeros. Se abre un impasse de espera, de maldiciones entre dientes, de preguntas sin respuestas. Súbita desbandada en nuestro punto de referencia; la confirmación de una noticia que llega por megafonía: xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx . No queda mas opción que hacer el trayecto a pie, los habéis visto, los conocéis, la noche esta llena de mártires.

El exterior me recibe con viento frío que cala en los huesos. En la calle es noche de fiesta, todo dios feliz, hay música por todas partes. Cervezas tibias de tienda a veinte francos. Muchas hienas al acecho.

La masa; monocroma, unicéfala, sube y baja como la marea, deja en retirada un puñado de cadáveres semidesnudos sobre la acera. Polizón en el océano de chusma,  mar negro que bulle y hormiguea. Me salpican sus alientos. Apuñálanme sus manos. Hay sangre en mis oídos, riadas de sarna en mis costados. Bellos anos femeninos, blancos dientes, labios, esclavos. Ríen las furcias... burdel soñado.

Contagiado quizás por el ambiente me entretengo en mendigar un cigarro que enciendo furtivo contra un muro; la vida de un nuevo cigarro en aritmética combustión. Fumo un poco, doy unos pasos, sin poder elegir; por calles atestadas de gente. De repente una hiena en mis barbas, de dónde coño había salido. Pequeña. Sucia. Huele a humo y a sudor. -T'as un clope -Je n'en ai pas[8]. Violenta ante la evidencia que sostengo entre mis labios; instintos porcinos;  la búsqueda del donante. En una ciudad cuadriculada, hiena, yo, y sombras en el viento; en un círculo que se abre en la noche, un círculo que es de color negro.

Una presencia de avispa,  vela por mí en lo alto; despliega sus alas de alambre, sonríe, opera el milagro: hiena aprende entonces mi condición de extranjero, no habiéndola demás hienas secundado, me concede seguir gozando del resto de la velada. -Je ne nique que les français[9] dice, y yo me alegro de no serlo.

Me alejo entonces reptando, feliz entre la turba espasmódica; en segundos es solo un recuerdo, que se disfraza de tierna muchedumbre. Quiero saber lo que me aguarda,  salir indemne de sueño tan funesto. Cambio de acera, doblo una esquina; cruzo la calle, giro a la derecha; topándome con la luz enfrente de un bar: un árabe gordo que aporrea con dulzura la jeta de un juerguista. Los puños caen blandos, como en los sueños. Es bonito, parece una coreografía. El resto, adormece la danza del líder, alguna patada que otra, cuestionando la nobleza de la lucha; nada demasiado grave, el francés estaría, seguro, de acuerdo, qu'est ce que c'est passé[10] chilla, y bracea entre las hostias, momento en el que estalla una violenta carcajada,  pédé,  tu l'as entendu le pédé[11]. Contéstole que sí, que estamos en el mismo bando, después me diluyo en la noche por si acaso me rompieren la cara. Subo, bajo, salto, recorto y esquivo, los peligros acechan; están reventando paradas en la plaza del Ayuntamiento; zumban los coches de policía y el enjambre se disgrega. Radian entonces mi camino espectros de hienas fugaces,  agazapadas ahora en lúgubres callejones. Se resiente así mi marcha; malditos!, no soy yo más importante que una lámina de cristal. Obligado de nuevo a elegir,  de entre todas la más solitaria. Rápido, más rápido. Dejando estela de bocacalles en penumbra.

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