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Noble voladora, qué del aire sin la traza de tus círculos. Abnegada eres; por sino, pocos días y un mundo por tejer. Alma viva, las ideas te rondan; qué inalcanzables tras el cristal. Ahora te plantas, un poco caminas; hada golosa...  destripada tenaz.

 Se arrastra todavía un trecho. Maculando con sus tripas la superficie transparente.

Envuelvo después en humilde mortaja ínfimos vestigios de su agonía; total, una pelota, inocente y de papel, donde quizás yazca un cadáver. Sabemos que en la papelera, ceteris paribus, existen : trozos de miga de pan; el cadáver de una mosca; pedazos de papel higiénico periódicamente rasgado al dictado de mi animosidad eyaculatoria. Sabemos que es la papelera y es la mesa ancha y blanca de estudiante, un cuarto de baño con ducha, mesita de noche, ventana y cama. La cama es estrecha y esta además sin hacer, pero domina la habitación de manera casi tiránica, en ella es donde cosecho la mayoría de mis certezas. Ha visto tantas cosas: cerdos lloriqueando, eternidad de delirios de grandeza, hímenes que han experimentado un quebrantamiento místico y privado, individual y fascinante. Me tumbo en cama y espero... no más moscas, nada que leer, bordeando el ecuador de la decimoséptima hora del día; el techo permanece blanco e inmutable; las paredes conservan siempre su textura de escayola; emprendo recorrido por el perímetro de mi rectángulo. Cerebro, carga insoportable; si pudiere uno desconectarse a voluntad ... no lo niego la situación es insostenible, dos semanas y apenas cruzo palabra; no avanza el aprendizaje, o no como debiere, o quizás es que ni me importa; puedo tumbarme en la cama; puedo también levantarme; revolcarme en la moqueta o soñar que no soy nadie; pero hay un objetivo, en realidad dos, y puedo alcanzarlos con la misma llamada.

Extrae un papel de lo que en él ha de ser cartera y lo memoriza, después coje el auricular y marca el siguiente número : 262552.-Hola, Manoli ? -Sí, quién es ? -Soy el hijo de Laura -Ah bon, mais on t'attendait[18] como no has llamado antes ? (dejo pasar unos segundos de contrición que al final me evitan responder) -Bueno bueno y qué tal?, conoces ya gente y eso -Bueno, tampoco gran cosa, me he hecho amigo del portero del edificio -Ah que bien, eso esta muy bien, y la ciudad qué tal?, magnífica, no? (su entusiasmo es intenso, ciertamente contagioso) -Sí muy bonita, un poco melancólica... o quizás es el invierno... ( pero que estoy diciendo me va a tomar por gilipollas) -Oye por qué no te vienes a cenar a casa esta noche, vamos si no tienes otros planes -No... no tenía nada previsto -Perfecto, nosotros cenamos a las ocho, quiero decir a las ocho y media, bueno sabrás que en Francia cuando te invitan hay que llegar media hora tarde no? -Porque me lo acabas de decir -Qué? ah!, aunque yo de francesa nada, bueno en realidad cojo lo mejor de ambas culturas, sí, yo es que soy muy ecléctica sabes? -Ya, ya -Bueno, tienes ahí donde apuntar?

-Sí dime -Rue Lalande[19], número setenta, octavo derecha, la parada de metro es Massena, ésto está en la línea A, te sabrás manejar ya en el metro? -Si si claro, sin ningún problema -Pues, hasta esta noche entonces, bueno en realidad hasta dentro de unas horas -Vale, a las ocho y media no? -Exactamente, ocho en España ocho y media en Francia -Muy bien, espero no equivocarme... ocho y media... Rue Lalande... pues hasta luego entonces -Adiós.

Emerge lúgubre de la nada el centro comercial. Yo camino en trance, sobre charcos y basura; vuelo hacia su brillo fantasmal. Es el ágora que ha gestado el devenir. Alberga en sus entrañas tiendas y más tiendas, cines y montañas, el sol y las estrellas, y claro, la red ferroviaria. ¡Te respeto oh totémico!. Porque la ley la fraguan los cerdos que la cumplen, porque llevo además más de media hora sin fumar, permíteme centinela que me recueste un rato en tu lomo, saque papel y tabaco e improvise un cigarro. Es tan suave tu cemento almohada de hormigón... arrópame con tus vértices, ¡cántame esa canción!, ésa que tanto nos gustaba, te lo ruego haz memoria, decía así el estribillo: ta, ta, ta-ta, ta, ta-ta, ta, ta-ta...

¿ Dónde están, Padre, los tesoros que me prometiste?. ¡Díme!,  ¿no soy yo también tu hijo?. ¡Mírame!  me he abierto las muñecas ( ofrenda a la huella de tu busto disforme ), no merezco tu arrogancia, entre todos uno más; bien sabes que no es eso cierto, que hay lazos que nos unen; aunque tú no lo quieras,  Padre. Pero tu me engulles sin distinción ( pronto ignoras que no estoy en el comercio de los hombres ), por qué Padre si teníamos tantos planes... una cabeza más de ganado, sí, pero una que ha hollado las grietas de tu piel; te he matado cada noche y has vuelto a despertar, callas, también yo se callar; en silencio por tus salas, alhajas tras el escaparate; que son mías por derecho; hallo consuelo en el odio, aunque tú ya lo sepas, Padre.

Padre se vuelve vaporoso en mi mente, asediado como estoy por jóvenes procaces; que ninguno marche solo cosa extraña para los tiempos que corren; los hay que se regurgitan, en invisibles redes portátiles, nunca hartos, parece, de reencontrar su pestilencia; los hay y no los hay, y ni ellos saben quienes son; en lo físico caminan rápido como si fueran a alguna parte: objetivos que cumplir, una vida que llenar, parada y fonda, siglos habéis, con vuestras luces de iluminar.

Saco un billete de ida y vuelta por ocho francos y lo guardo en el bolsillo de la camisa, después floto por el andén en busca de un sitio vacío; ávidas me escudriñan rapaces de ojos mezquinos, curvos picos amarillentos, crueldad en sus miradas; colgajos indolentes, atterezo de túnel de metro. Paro entonces porque había de parar, parcela libre sino impávido carroñero; me calibra por costumbre y clasifica en inoperante, endurece después la mirada, pero es todo lo que va a hacer, por siempre fiera menor; hurtando aún dos caladas al inminente fragor del metro. Se abren las puertas y entramos, pero él deja medio cuerpo fuera para dar la última calada, descapulla entonces el cigarro con un capirotazo certero, se lo encaja en la oreja y espira la bocanada de humo en el interior del vagón de tren. Le provoco todavía un momento; él se da la vuelta ignorándome. Recorro a continuación  los contornos y acepto muy pocos desafíos, juego siempre con ventaja. Cuando en la siguiente parada baja ya solo miro mujeres, la más fea la única a la que tiento con mi amor; hipnotizando me está, con sus dulces ojos de monstruo, tan intenso, hasta el punto, de casi saltarme la parada. Massena. Tiene pinta de barrio burgués, por aquí, seguro, me han de dar bien de cenar.

La rue Lalande es una pulcra calle arbolada, pocos e íntimos restaurantes, remanso de la belleza de la noche. El edificio setenta es como todos los demás, puerta ancha, antigua, de madera, surcos en el suelo, de cuando reinaban los dinosaurios.

 

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